Brunhild The DragonSlayer—Volumen 1/Prologo
Added 2024-12-04 15:39:25 +0000 UTC
Prologo
Para un lugar como este, la violenta tormenta que irrumpió en la quietud de la noche, era un clima inusual.
Las gotas de lluvia golpeando el vidrio de la ventana eran tan ruidosas como el fuego de una ametralladora. Y el viento aullaba con tanta fuerza que amenazaba con reducir la humilde casa del hombre a escombros.
Estaba solo en su cabaña.
El oscuro cristal de la ventana reflejaba mal su rostro. Parecía tener unos treinta años, aunque su cabello era completamente blanco. Su túnica, de un tono similar al blanco, llevaba bordada un antiguo patrón.
Sus ojos eran de un azul gélido.
La modesta habitación estaba adornada con muebles sencillos e iluminada por el cálido resplandor del fuego hogareño.
El hombre estaba sentado en un taburete frente a un cuadro inacabado.
Su mirada se dirigió a la ventana, pero afuera era de un negro absoluto. No podía ver nada. La fuerte lluvia, la oscuridad de la noche y el vidrio sombreado formaban la tormenta perfecta.
Pero el hombre continuó mirando por la ventana. No le preocupaba tanto lo que podía o no ver. El simple hecho de mirar por la ventana era suficiente para alimentar su inspiración, y dar vuelo a el poder de su imaginación
Sobre el lienzo, había pintado un cielo soleado sobre un campo cubierto de hierba, y una niña de pie en el centro con un vestido blanco inmaculado.
Su mano de pintor trabajaba incansablemente. Era como si sus ojos realmente vieran a la niña en el campo de hierba a través de la ventana.
Algo había chocado contra el vidrio.
Algo rojo.
Al principio, pensó que la ventana había sido golpeada por un torrente de sangre.
Pero al examinarlo más de cerca, era una mujer.
Una mujer con uniforme militar rojo se asomó desde el borde de la ventana.
De repente, el tiempo pareció detenerse.
Nunca podría equivocarme. No yo...
La boca de la mujer se abrió y cerró. Parecía estar diciendo algo, pero sus palabras fueron ahogadas por el fuerte viento y nunca llegaron a los oídos del hombre.
Hubo otro fuerte golpe.
La mujer volvió a estrellarse contra la ventana.
El tiempo volvió a fluir.
La mujer estaba pidiendo que la dejaran entrar.
Oh Dios, ¿puedo invitarla a esta cabaña?
Un momento después, el hombre fue a la puerta.
Viendo que finalmente se movía, la mujer también corrió hacia la puerta principal.
Fue una lucha abrir la puerta. El viento afuera era tan brutal que parecía como si la mano de Dios la estuviera forzando a cerrarse.
Una vez que la puerta estuvo lo suficientemente abierta como para que una persona pudiera deslizarse por ella, la mujer entró tambaleándose. Seguida por un diluvio de lluvia tras de ella, empapando por completo las ropas del hombre.
—Lo siento. Gracias, —agradeció la mujer apartándose los mechones mojados.
Parecía tener unos dieciocho años. Su brillante cabello plateado destacaba. Cuando se movía, las gotas brillantes se dispersaban de un lado a otro.
Era pálida más allá de toda comparación. Era como si el concepto mismo de pigmento le fuera ajeno. Tenía que ser porque acababa de estar afuera en el viento y la lluvia, pues sus labios se estaban poniendo morados.
Pero curiosamente sus ojos eran rojos.
—Golpeé la puerta varias veces, pero como no parecía oírme. Sabía que era grosero, pero no tuve más remedio que empezar a golpear la ventana[1].
Examinando el uniforme militar de la mujer, el hombre comento —Ver soldados no es común por aquí—. como si no reconociera a la mujer en absoluto.
Con una sonrisa preocupada, la mujer respondió —Estoy segura.
—Te traeré algo para secarte. Espera en la habitación junto a el fuego—. La mujer le agradeció.
El hombre regresó a la habitación de la chimenea llevando dos sábanas de lino. La mujer se había quitado el uniforme y estaba sentada en la alfombra frente al fuego. Su uniforme rojo bermellón, elaborado con cachemira de alta calidad, había sido abandonado como la muda de piel de una serpiente.
Llevando nada más que una camisola de encaje. La luz del fuego teñía su cabello de un brillante carmesí, mientras que sus labios purpuras por el frio habían cambiado a un rosa saludable.
Sonrió al ver al hombre. —Lamento ser tan indecente. Tendrás que perdonarme, mi uniforme al estar empapado se pegaba a mi piel de manera muy desagradable; además, era pesado, y al ser ceremonial, tiene muchas decoraciones.
Entregándole la tela de lino, el hombre dijo, —No me importa, pero sería mejor no exponerse así en casa de otros hombres. La lujuria y el deseo son pecados, después de todo. No querrás seducir a un hombre e ir al infierno, ¿verdad?
—Oh, no tienes que preocuparte por eso. Iré al infierno, con o sin actos lujuriosos.
—¿Por ser soldado?
—Sí. He matado a muchos. También he manipulado a hombres, y además...
...Sobre todo, soy una cazadora de dragones.
Los ojos azules del hombre se ampliaron. —...Eres una matadragones.
—Fui bastante famosa por ello en el Imperio de Norvelland. Mi nombre es Brunhild Siegfried.
—Perdóname, no estoy familiarizado con el nombre.
Las palabras de la mujer, Brunhild, eran ciertas. La casa de Siegfried era un antiguo y respetado clan de cazadores de dragones, y la propia Brunhild también era famosa por sus notables hazañas en la batalla.
El hombre simplemente vivía en total aislamiento. En los días soleados, el hombre pasaba su día recogiendo fruta, jugando con animales y hablando con las flores.
—Bueno, no es de extrañar que no lo sepas—. Brunhild volvió a sonreír torpemente, no parecía burlarse del hombre por su ignorancia. —¿Dejará de llover una vez que salga el sol? — preguntó.
—Solo Dios sabe—. dijo el hombre. Viviendo tan lejos de la civilización, su espiritualidad era diferente a la de la gente común. —Fue la gracia de Dios la que te ha permitido llegar aquí también. Dios te ha permitido venir a esta cabaña y calentarte—.Se acercó el taburete y se sentó, y luego, después de una pausa, pregunto. —Si no te importa, ¿podrías contarme tu historia?
El hombre miró su lienzo. La habitación estaba decorada con muchas pinturas que el hombre había hecho. Todas ellas con el mismo motivo de un paisaje brillante y una niña de blanco. —Si escucho tu historia, tal vez dios me conceda algo de inspiración.
Viendo a la niña en la pintura, la mujer dijo, —¿Podría esta niña ser...? — Era muy buena leyendo los corazones de la gente. —¿...tu...? — Cambió de opinión, adoptando un tono más suave en su discurso.
—Mm-hmm. Te pareces a mi hija—. respondió el hombre.
La mujer bajó sus largas pestañas. —¿Me parezco a ella? En otras palabras…
—Ah ja ja, no, no. Estoy seguro de que ella sigue viva ahí fuera en algún lugar. Aunque, dondequiera que esté, ruego que no lleve un uniforme militar. No quiero que esté en una profesión tan sangrienta—. dijo el hombre.
Y lo dijo aun sabiendo quién era realmente esta mujer. Quién podría decir si esto era una crítica basada en la religión o su vana lucha por reconocer la verdad frente a él.
Silencio.
La soldado no supo cómo responder...
...y el hombre no continuó.
—La única historia que tengo es una de sangre... ¿No te importa?
—Si eso es todo lo que tienes, entonces que así sea.
La mujer guardó silencio un rato, pero finalmente abrió la boca como si hubiera tomado una decisión. —...No soy una buena persona. He matado a muchos. He engañado a inocentes y a bondadosos. Y no fue por justicia ni por Dios Fue todo por mí voluntad, por mi propia satisfacción. Pero no me arrepiento. Ni siquiera ahora que he visto este lugar con mis propios ojos.
Aún sentada en la alfombra, miró al hombre sentado en el taburete.
La historia que estaba a punto de relatar...
...Fue, para ella, una confesión despiadada...
...Y para él, un pecado insoportable.
—Incluso si Dios me concediera la oportunidad de retroceder el tiempo, caminaría por el mismo sendero.
Con ese prefacio, la mujer comenzó su relato.
[1] En el texto hay dos tipos de diálogos y pensamientos, aquellos que aparecen en negritas están pronunciados en el lenguaje verdadero, y aquellos pensamientos y diálogos en letra normal están expresados en lenguaje mundano.