Watashi wa Succubus Jaarimasen—Volumen 2 /Prologo
Added 2024-09-07 02:33:28 +0000 UTC
Prólogo
Una única luz cegadora brillaba en la oscuridad. Mientras el velo de la noche cubría el cielo y envolvía el mundo, esta luz deslumbrante emanaba de un gran edificio. Extendiendo sus cálidos colores a través de la penumbra, pintándola con cientos de siluetas descoloridas.
Desde su interior. El sonido de las risas alegres y las pláticas animadas colmaban la habitación. Mientras las suaves melodías del piano y lo violines deleitaban los oídos de todos los presentes.
El edifico era una de las muchas instalaciones de la Academia Forts, una escuela tradicionalista con larga y prestigiosa historia. Y hoy, en el orgulloso auditorio de la academia, se celebraba una gran fiesta.
Cada invitado portaba trajes y vestidos a la ultima moda de la nación muestras disfrutaban de las suntuosas ofertas que el buffet colmado de palillos repletos de ingredientes gourmet cocinados a la perfección le podía ofrecer. Aunque este ambiente extravagante era tan diferente de lo habitual que ponía a todos un poco nerviosos, los estudiantes de la academia lo disfrutaban al máximo.
Rojo, azul y negro, telas de varios colores giraban de aquí para allá entre los bailes, añadiendo tonos vibrantes a la sala. Estos vestidos y trajes, ensamblados por artesanos de la más alta calidad, hacían a las chicas mucho más hermosas y a los hombres mucho más galantes.
En lo que parecía una celebración de la juventud misma, los estudiantes se sumergieron en los festejos, con sus mejillas teñidas de rojo por la bebida.
La academia era la institución educativa en la que más invertía el país. A diferencia de las fiestas que se celebraban en las escuelas comunes, en esta prestigiosa institución se invitaban a célebres eruditos y otros personajes notables. Con el objetivo de que los estudiantes pudieron formar conexiones con estas importantes figuras y ampliar sus redes en beneficio de su futuro.
No era exagerado decir que la dignidad de la nación dependía de estos deslumbrantes festejos, aunque quizás tal hecho era velado bajo todo el disfrute que todos encontraron en los espectáculos de la noche.
—Ah, mira. Es ella...
—Oh, qué hermosa...
Entre toda la multitud, había una chica que atraía más miradas que la mayoría.
Llevaba un vestido blanco, con su largo y aireado cabello rubio colgando detrás de ella. Tenía un rostro cautivador, cuya belleza hacía que no solo los hombres, sino también las mujeres, clavaran sus ojos en ella. Incluso en la bulliciosa sala de fiestas, la chica desprendía una sensación de elegancia. Al saludar a la gente, al comer. Cada gesto era elegante y fascinante; sus modales perfectos eran un modelo para todos los demás asistentes.
—Lady Lisalinde está tan hermosa como siempre...—, murmuró alguien.
De hecho, Lisalinde era el nombre de esta chica. En la academia, era conocida por sus excelentes calificaciones y su conducta irreprochable. Además, de su noble linaje, su apariencia era a la vez delicada y elegante. Era prácticamente perfecta, y había muchos en el campus que la admiraban.
Como ahora llevaba un vestido blanco en lugar de su uniforme habitual, su pureza era más marcada que nunca. El fino encaje y los bordados de todo el vestido resaltaban su modestia femenina, y su suave cabello rubio brillaba como el oro contrastando su belleza.
No pudieron evitarlo. Todos estaban cautivados por ella.
—Es... Es como un ángel—, murmuró una chica que se hallaba mirándola embelesada.
Pura y dulce. Hermosa como un ángel, y para colmo popular. Esa era Lisalinde.
—Liz.
—Ah...
¿Existia un hombre que se atrevie a llamar a Lisalinde por su apodo?
—Sir Cain.
—Buenas noches, Liz.
Cuando Liz se giró, se encontró con la refrescante sonrisa de un joven.
Era alto, de cabello negro, y su nombre era Caín.
Era un hombre que llevaba a cabo una tarea vital para la humanidad: la brillante estrella de esperanza que defendería a los demonios y traería la paz al mundo. El héroe. En sus ojos almendrados, se podía sentir la fuerza y el orgullo que había cultivado a lo largo de su vida en el campo de batalla.
Los actos de Caín le habían hecho ganar el respeto de todo el mundo, y no hacía falta decir que no era diferente en la academia. Todos miraban al héroe, hechizados.
—¿Cómo se encuentra, Sir Caín? ¿Está disfrutando de la fiesta? —preguntó Lisalinde.
—Sí, es bastante divertido, pero solo ha pasado un mes desde que vine a esta academia. Debo admitir que todavía me siento como un invitado especial aquí.
—Oh, querido.
Caín se encogió de hombros como si estuviera tratando de aflojar su cuerpo.
Lisalinde podía sentir lo que estaba insinuando: como el famoso héroe, era bastante complicado ir saludando a todos los visitantes VIP.
—Estás haciendo un buen trabajo. Pero no es tan fácil para los estudiantes tampoco, ya sabes. Ayudé mucho con los preparativos para esta fiesta.
—Eso suena duro.
Liz y Caín compartieron una risa sofisticada, digna de la alta sociedad. Mientras empezaban a disfrutar de su conversación, aparecieron otras dos mujeres.
—Hola, Liz. Buenas noches.
—Buenas noches, Liz.
—Ah... Lady Sylphie, Lady Melvy. Buenas noches.
Las que aparecieron eran la princesa del país, Sylphie, y la Santa de la Gran Catedral, Melvy. Ambas eran las camaradas de armas de Caín y valientes guerreras que luchaban contra las poderosas huestes del Señor Demonio
Pero allí, de pie, parecían no ser más que chicas disfrutando de la fiesta, como cualquier chica de su edad.
—¿Qué opinas de las fiestas de nuestra academia? Bastante lujosas, ¿verdad?
—Sí, la verdad es que estoy sorprendida. De todas las fiestas en las que he participado antes, esta academia ocupa un lugar bastante alto.
—Umm, umm... Yo... Yo pasé mucho tiempo en el convento, así que... Estas fiestas tan llamativas me hacen dar vueltas, no se dónde poner los ojos sin marearme...
—Oh... así que por eso llenaste tanto tu plato de comida. Tienes más apetito de lo que pensaba, Lady Melvy.
—Erk...
Melvy sostenía un plato apilado con una montaña de comida, participando de todo corazón en la degustación de los deliciosos sabores. Pero en el instante en que Liz le señalo esto, , su rostro se puso rojo y bajó la cabeza sonrojada.
¿Eh no debí haber dicho eso?, se preguntó Liz con una sonrisa irónica. —Aun así, Lady Sylphie, Lady Melvy, vuestros vestidos os sientan muy bien, —las elogió Liz.
Sylphie llevaba un vestido de un rojo intenso, un buen complemento para su resplandeciente cabello rojizo. Su cabello, que normalmente llevaba recogido en una cola de caballo, lo había dejado suelto, un aspecto que a Liz le pareció refrescante.
Melvy, por otro lado, había llevado un vestido negro para contrastar su cabello blanco. Su imagen normal e inocente de santa estaba algo disminuida, dejando en su lugar un aura bastante hechizante
Era increíble cuánto podía cambiar un atuendo las impresiones que trasmitian.

De hecho, muchos de los invitados que asistieron a la fiesta no podían apartar la mirada de estas raras e inusuales imágenes de los héroes.
—¿Hmm? ¿Eso crees? Gracias.
—Umm, umm, creo que el tuyo también te queda bien, Liz.
—Gracias por el cumplido.
Se elogiaron mutuamente, pero el interés de Liz estaba en otro lado.
—…...
Sus ojos se desviaron inconscientemente hacia Caín, vestido con su traje formal.
Era un traje hecho a medida adaptado a su alta estatura. No había ni la más mínima holgura, y cuando se colocaba sobre su cuerpo musculoso, le daba una impresión bastante elegante. Su corbata estaba bien ajustada y tenía una presencia refinada. El aura de este feroz guerrero encajaba bien con su traje.
—......
Solo con mirarlo el calor le subió por la cara enrojecido las mejillas de Liz. Verlo la puso notablemente nerviosa, bajando un poco la cabeza para evitar mirarlo. Sin embargo, seguía sin poder contener su curiosidad: echaba un vistazo, solo para avergonzarse y apartar la mirada de nuevo. Una y otra vez, en continua repetición.
—¿Qué pasa, Liz?
—¿Huh?!
Caín exclamó, sintiendo que algo claramente estaba mal con ella. Y el cuerpo de Liz se estremeció.
—¡Oh...! Umm, solo...
Sus ojos vagaron. Quede cautivada por ti, pensó. Y sin embargo, estaba demasiado avergonzada para decir la verdad. En su pánico, buscó una excusa. Parecía tan inquieta como un pequeño animal acorralado mientras se retorcía el cerebro para encontrar alguna forma conveniente de explicar el color de sus mejillas.
Y de repente, tuvo un destello de inspiración.
Acercándose al oído, le susurró: —Bueno... simplemente fue demasiado divertido verte actuar así...
—Cállate, tonta.
Su sonrisa social dio un giro completo. Caín frunció el ceño mientras su tono se endurecía.
Caín, el héroe, nunca mostraría su verdadero yo frente a la gente. Pero en realidad, era un hombre bastante brusco, y su forma de hablar coincidía con eso. Estaba lejos de ser bien educado y a menudo se escondía para fumar sus cigarros.
A Liz le había parecido un poco divertido que actuara de manera tan respetable. Solo un poco, sin embargo.
—Me duelen los hombros de tanto dar vueltas, maldita sea. No me molestes. ¿Quieres que desahogue un poco de estrés intimidándote o algo así?
—Ser un héroe debe ser difícil.
—Si lo es, entonces podrías elogiarme en lugar de jugar conmigo.
Hablaron en susurros, con sus rostros muy cerca el uno del otro. Nadie más podía oír sus murmullos; solo Sylphie y Melvy, que estaban cerca, apenas y podían captar su conversación,
Su pequeña charla secreta los mantenía lo suficientemente cercanos como para compartir un beso. Liz sabía que había estado actuando sospechosa y se sintió aliviada de haber logrado cambiar de tema, pero ahora que estaba tan cerca de Cain, su corazón solo comenzó a latir más rápido.
Se había avergonzado aún más para ocultar su vergüenza, un movimiento totalmente contraproducente.
—Oh, cierto...
—¿Que?
Caín acercó aún más su cuerpo al de ella. Liz sintió que sus músculos se tensaban mientras la distancia entre ellos se reducía aún más.
Le susurró al oído: —Ese vestido. Te queda muy bien.
—¿...?!
Liz saltó de repente hacia atrás. Un ataque sorpresa en forma de elogio: sintió como todo su rostro se calentaba. Pensaba que tomar un poco de distancia le devolvería unos niveles de cordura a su cabeza, pero ahora todo su cuerpo se tambaleaba como si acabase de recibir un golpe.
Su corazón latía con fuerza, y ya no era solo la cara. Era dolorosamente consciente de que todo su cuerpo comenzaba a acalorarse. Los huecos del encaje de su vestido blanco dejaban ver su piel enrojecida, y era como si el destino le hubiera teñido de carmesí las partes más finas.
—Ha, Ha, Ha, te tengo.
—...
Y Caín, que soltó una risa burlona, también estaba un poco rojo. Había pronunciado esas palabras como si no fueran nada, pero ella sabía muy bien que el también estaba un poco nervioso.
—...
Liz seguía increíblemente avergonzada; era como si sus labios estuvieran paralizados y no pudiera decir nada a cambio.
Caín tampoco supo articularse hábilmente.
—Ah... Ha Ha Ha...
—Ha Ha Ha...
Liz se movió nerviosamente mientras Caín se rascaba torpemente la cabeza. Y Sylphie y Melvy, que contemplaron como testigos el intercambio a quemarropa, simplemente sonrieron y se rieron.
Era un momento tan diferente a otros, tan lejos de su vida cotidiana. Y en sincronía con el bulliciosos estado de ánimo, ellos mismos se sintieron un poco intoxicados.
Y fue entonces cuando sucedió.
—¡Eep...!
—¿Hmm?
Una mujer chocó de repente con Caín.
La fiesta era un buffet de pie con mucha gente deambulando por el salón. La mujer estaba tan concentrada en hablar con su amiga que no se había dado cuenta de lo que tenía delante, lo que la hizo chocar directamente con el héroe.
Y, por desgracia, llevaba una copa de vino.
—¡Hay, dios!
El vino tinto salpicó fuera de la copa y manchó toda su ropa. Dejándola terriblemente manchada.
—¡Oh, wah! ¡Lo siento mucho...! Espera, ¿E-E-E-EL Héroe?! ¡Ah, er—¡ ¡U-u-u-u-um...? ¡Lo siento mucho! ¡Mucho, mucho lo siento...!
—Ah...
Dándose cuenta de que la persona con la que había chocado era el héroe, la mujer se encogió, con el rostro pálido. Prácticamente estaba a nada de llorar mientras bajaba la cabeza una y otra vez tratando de disculparse.
El vino no solo había caído sobre su traje, sino también en la camisa blanca interior, coloreándola de rojo. Pero Caín simplemente bajó la vista una vez para ver el daño antes de poner una sonrisa reconfortante.
—No se preocupe, madame. Unas ropas manchadas no me van a molestar..
—S-Sir Caín...
Se puso su sonrisa falsa para consolarla.
—Aun así, ¿qué hago con esto...?
Ciertamente su traje no estaba en un estado en el que pudiera permanecer en una fiesta tan formal.
—Deberías poder pedir un nuevo traje, mientras sigas en el auditorio. ¿Por qué no pides prestada ropa para cambiarte? —propuso Liz.
—Oh, ¿hay un servicio de préstamo? Es bueno saberlo. Me pondré manos a la obra, entonces.
—Muy bien, entonces, Sir Caín. Por favor, vaya y espere en el vestuario. Le explicare todo al encargado y le conseguiré un traje.
—Entendido. Estoy seguro de que ya te sabes mis medidas. Así que cuento contigo.
—Sí, déjelo en mis manos.
Haciendo una reverencia formal como si fuera su asistente, Liz comenzó a organizar el traje de Caín. Fue directamente con la persona a cargo y le hizo que la llevara a donde se guardaban los trajes. Y allí, eligió un traje para Caín.
Ahora que lo pienso, Caín dijo que debería conocer sus medidas. Pero ¿por qué? Nunca le he elegido ropa, ¿por qué confía tanto en mí?, se preguntó Liz mientras se dirigía al vestuario donde Caín la estaba esperando.
Tocó la puerta.
—Sir Caín. Soy yo, Liz. Te traje ropa para cambiarte.
—Entra.
—Disculpe.
Liz abrió la puerta y entró.
—¿...?!
Se sorprendió.
Caín estaba desnudo, o mejor dicho la parte superior de su cuerpo estaba desnuda
—¡Wha...?! ¡Wha-wha?! ¡Sir Caín?! ¿Por qué está sin camisa?!
—¿Hmm?
Todo el rostro de Liz se sonrojo de nuevo mientras entraba en pánico al ver la piel desnuda de Cain. Pero Caín parecía genuinamente desconcertado por el motivo de su nerviosismo.
Confundido al ver su nerviosismo, explicó: —¿Por qué...? Porque necesito cambiarme de ropa. Así que por supuesto que me quitaré la ropa sucia.
—¡Por favor, cámbiate de ropa cuando no esté mirando! ¡Toque la puerta, ¿no?! ¡Y me dijiste que entrara, ¿no?! ¡Deberías tener algo de vergüenza cuando estés delante de otras personas!
—¿Huh...?
Caín frunció el ceño, con una cara como la de un niño al que le estaban regañando por algo completamente irracional.
El corazón de Liz latía con fuerza de nuevo.
La parte superior de Caín estaba desnuda, su físico templado a la vista. Sus marcados abdominales estaban a la vista con asombrosa nitidez, su cuerpo firme y tonificado de arriba a abajo. Era un poco doloroso ver las marcas que miles de batallas habían dejado en su cuerpo delgado y flexible, pero incluso esas cicatrices parecían las medallas que demostraban su valía.
Para Liz, que recién empezaba a sentir atracción por él, esta visión fue a la vez una bendición y una maldición.
—Un poco tarde para andar tan sorprendida solo por mi pecho. ¿Qué pasa, estás tratando de actuar como si nunca lo hubieras visto o algo así?
—¡De verdad que nunca lo he visto antes! —chilló Liz con la cara roja.
Le tiro la ropa a Caín y le dio la espalda.
—Qué pena...
—¡Soy yo quien debería decir eso!
Para una chica protegida como ella, la piel desnuda era demasiado estimulante. Con Liz de espaldas a el, Caín se puso la ropa que le había dado y se puso en orden. Ahora tenía un aspecto adecuado para la fiesta, pero aun así, necesitaba hacer algo con la camisa y la parte superior del traje que se había quitado.
—¿Qué hacemos con esto?
—¿Quieres que las lave? Creo que puedo quitarte las manchas. —ofreció Liz mientras se volvía hacia él.
—¿Estás segura?
—Con un poco de magia blanqueadora genérica, deberían quedar como nuevas. Pero llevará un poco de tiempo.
—Está bien, cuento contigo, entonces. Gracias.
—Por supuesto.
Caín le pasó a Liz su ropa manchada, que ella acunó en sus brazos.
—Muy bien, volvamos a la fiesta, entonces... Pero volver a saludar a la gente va a ser un rollo. Oye, Liz, ¿quieres escaparte conmigo?
—¿De qué estás hablando, Sir Caín? Hay mucha gente que asiste a esta fiesta solo para conocer al héroe. No puedes irte, tú eres la estrella aquí.
—Sí, sí.
Caín la despidió con dificultad. El héroe era sin dudas era un delincuente.
—Estaré allí después de que me ocupe de esta ropa sucia. Hay un hechizo que quiero lanzar lo antes posible. Así que, Sir Caín, por favor, vete sin mí.
—Entendido, Liz. Nos vemos pronto.
—Sí, nos vemos pronto.
Y así, Caín dejó a Liz sola en el vestuario. Sujetó con cuidado la camisa de Caín y lanzó magia de limpieza sobre ella. Cuanto más pasaba el tiempo, más difícil sería eliminar las manchas. Era lógico que una dama noble aprendiera hechizos para facilitar la cocina, la limpieza y la lavandería.
—Uf...
Ahora que había evitado que la mancha se fijara más, soltó un ligero suspiro. Seguro, el vino seguía en la ropa, pero ese era el primer paso del cuidadoso aseo. Ahora, solo tenía que tomarse su tiempo para lavarla después de que terminara la fiesta.
—...
La ropa que Caín acababa de llevar ahora descansaba en sus manos.
Caín, el hombre que hacia que su corazón latiera tan rápido durante la velada.
Liz reflexionó sobre el asunto.
Al principio, se hayo cautivada por la visión desconocida del hombre con traje. Se había acercado a él para hablar en secreto, y él se atrevió a asaltarla por sorpresa con un cumplido. Y, hace un momento, se sorprendio al ver su pecho desnudo.
El calor que persistía en su pecho no iba a desaparecer. No por esta noche, al menos.
—...
La camisa de Caín estaba justo en la mano de Liz. De hecho... sostenía la camisa que acababa de quitarse.
—...
La mente de Liz comenzó a divagar.
Era una sensación reconfortante, casi como si estuviera flotando en un sueño.
El calor volvió a su rostro y sus ojos brillaron embriagados. No había nadie más en la habitación.
Podía hacer lo que quisiera con esta ropa. Podía hacer lo que quisiera.
Sí, no importa lo que hiciera, ¡nadie la detendría...!
—...
Aún en trance, sus manos se movieron por sí solas. Levantó la camisa como si fuera lo más natural del mundo y la acercó a su rostro.
El objetivo... su nariz. Un salón de fiestas no era lugar para sudar. El olor del vino que lo impregnaba también era más fuerte que casi cualquier otra cosa.
Pero soy yo... Con mi fino sentido del olfato, seguro que podré distinguir su olor sin ningún problema...
—........
Con eso en mente, acercó aún más la camisa a su rostro. Solo un poco más, y podría disfrutar su aroma. Podría enterrar la cara en ella y tomar una buena bocanada de su esencia.
Era el momento de degustar su tan esperado placer supremo.
Liz la acercó el último centímetro y luego...
—¿Huh...?
Justo antes de que su nariz pudiera hacer contacto con la tela, recuperó la cordura y gritó.
—¿Q-Qué esta yo... a punto de...?
Liz quedo confundida. Desconcertada. Sus manos se congelaron mientras se rendía en el último segundo.
—¡AH! ¿Yo estaba tratando de oler su camisa...? A-Absurdo... No hay forma de que yo haga algo tan extraño...
Empezó a temblar del shock y a murmurar para sí misma. Esta era una chica que había vivido como la hija primorosa y correcta de un noble. ¿Cómo es posible que tuviera impulsos tan indecentes y pervertidos?
—¡E-Esto está mal...! No soy una pervertida... No, no lo soy... ¡No soy una desvergonzada...!
Asombrada por sus propias acciones, tomó una respiración profunda para intentar mantener la calma.
Debía ser era una especie de error. Seguramente estaba tan cansada que simplemente se había dejado llevar por alguna extraña ensoñación mientras seguía de pie. Lis trato de convencerse desesperadamente de ello.
Y, lentamente, bajó la camisa...
Oh, vamos. Es solo una pequeña olfateada. ¿Qué tiene de malo?
Una voz resonó en algún lugar de su cabeza.
Nadie ha salido herido jamás por una leve olfatea. De hecho, es tan básico, tan elemental. No puedes considerarlo pervertido en absoluto. Ni siquiera se puede asemejar a la lacivia o la inmoralidad.
Sus brazos se congelaron. De nuevo, era como si estuviera soñando.
Esto es una nimiedad[1].
Su conflicto interno, su conciencia culpable... todos parecían tan idiotas e inconsecuentes. La racionalidad de Liz se estaba derritiendo.
Oler la camisa de alguien es un acto tan irrelevante. Oh, qué inútil, qué patético es dudar por algo tan insignificante.
Cierto ¿Cómo he podido obsesionarme por algo tan pequeño?
Se esforzaba por ser una chica de determinación y voluntad pura. ¿Y qué era esto? ¿Dudar por algo tan insignificante como oler una camisa? ¿Qué tan idiota era eso?
Sí, mira hacia adelante. Tu Shangri-La está justo delante de ti. Simplemente tira a la basura esa inútil autocontención. Clava tu cara en la camisa de tu amado, saboréala tanto como puedas y por Dios, toma la mejor calada de sudor de tu vida.
—........
Su corazón estaba hecho de piedra. Sabía lo que tenía que hacer.
Con una mente nebulosa, impulsada por sus ardientes deseos. Lista para ser honesta consigo misma...
¡Sí...! ¡Tengo que ser mi verdadera yo...!
Liz reanudó el acto. Levantó los brazos, bajó la cabeza y se preparó para enterrar la cara en la camisa.
—¿Dónde está? ¿Lo dejé aquí...?
Hubo un chasquido. De repente se abrió la puerta, y allí estaba Caín.
—......
—......
Ambos se congelaron. Fue un desastre. Su nariz estaba tan cerca que no le había dejado espacio para excusas, y Caín la estaba mirando directamente.
—......
Un extraño sudor brotó de cada poro del cuerpo de Liz, su corazón latía con fuerza. Pero este no era el mismo pulso amoroso de antes.
Liz no podía moverse. Era como si estuviera petrificada.
—......
—.....
—Sí, ahí está.
Fue Caín quien hizo el primer movimiento. No vi nada. Esto no tiene nada que ver conmigo, parecía implicar tácitamente mientras entraba tranquilamente en la habitación. Recuperó sus cosas y se marchó con pasos ligeros.
—¡Por favor, espere! ¡Lo ha entendido todo mal!
Fue entonces cuando Liz finalmente gritó. Caín se detuvo en seco.
—¡E-Esto está... mal...! ¡Es una especie de error! ¡Yo... yo no soy el tipo de pervertida que disfrutaría oliendo la camisa de alguien...!
—Oh, no te preocupes, Liz. Oler mi camisa, bueno, no es gran cosa. De verdad.
—¡Es algo importante! ¡Estás equivocado! ¡Ese no es el punto!
Eso no era lo que intentaba decir. —E-Es un malentendido. Un error. Y-Yo no estaba tratando de disfrutar de tu olor, ¡en absoluto...! Umm... Sí, así que, err... ¡eso no es lo que está pasando! ¡Es un malentendido! ¡Definitivamente, créeme!
—Sí, sí, supongo que tienes razón.
—¡Ni siquiera me estás escuchando...!
Por la forma en que Caín la miraba, parecía como si pudiera ver a través de todas sus mentiras. Liz estaba al borde de las lágrimas.
—¡Waaaaaaaaaaaaaah...! ¡Noooooooooo...!
—¡Ah, oye! ¡Liz...!
Y Liz salió corriendo de la habitación, con la camisa y la parte superior del traje manchados de vino en sus manos.
—¡Alto! ¡Liz...!
Se sacudió las llamadas de Caín, llorando mientras corría desesperadamente. Salió corriendo del salón de fiestas, irrumpiendo en el mundo exterior sintiéndose como si su propia vergüenza la matara.
Corrió por la ciudad bajo la oscuridad de la noche. Encima de ella, las estrellas en el cielo brillaban maravillosamente, aunque no estaba claro si intentaban consolarla o simplemente se burlaban de ella.
Una estudiante de honor dulce y saludable, eso era Liz.
Pero la chica guardaba un secreto.
Hace un año, había sufrido una grave herida en su batalla contra el Señor Demonio. Para recuperarse a sí misma, sacrificó sus recuerdos y sus poderes. Para salvar su vida, tuvo que olvidar que una vez fue una camarada del héroe Caín, que olvidara todas las aventuras que había compartido con él y su grupo. Todos aquellos maravillosos recuerdos se habían ido.
Aunque ella misma ahora no lo sabía, Liz era una atávica de cierta raza demoníaca: había heredado los poderes de una de sus antepasados lejanos. Sus poderes una vez le habían sido útiles, proporcionando mucho apoyo a la aventura de Caín. Pero ahora, sin ese poder y sin su memoria, vivía una vida primorosa y adecuada como una humana normal en la academia.
Esta chica había heredado el poder de aquellos que inspiraban sueños obscenos en los humanos y los tentaban a caer en la lujuria y la oscuridad. Los demonios de los sueños de la lujuria: las súcubos.
[1] Algo insignificante