𝓚𝓪𝓽𝓱𝓲𝓪.
Kathia proviene de tierras lejanas del norte. Nació en una tribu nómada de raza mestiza (élfica y humana) caracterizados físicamente por su piel blanca y cabellos castaños y/o rojizos. Esta tribu nómada se trasladaba a otro asentamiento cada cierto tiempo, pues pensaban que la explotación prolongada de los recursos de un lugar sería catastrófica para el ecosistema, además del interés que tenían por descubrir cosas nuevas en cada lugar en el que se asentaban; comida, animales, ingredientes alquímicos, paisajes, etc. Eran expertos en el amaestramiento de dryumas, unos enormes animales más lentos que los caballos, pero también mucho más fuertes, lo que los hacía los animales de carga preferidos de la tribu. Eran también expertos en alquimia y herrería, pero solo unos pocos lo eran en combate. Los guerreros eran dotados de sables curvos para defender a la tribu. Su estilo de combate era transmitido de generación en generación al igual que las demás disciplinas. Desde pequeña, Kathia fue entrenada por los guerreros de la tribu de manera intensiva, y le fueron enseñadas las prácticas de supervivencia necesarias para subsistir sola en caso de ser necesario.
Practicó durante años con un sable de entrenamiento, pero al cumplir 16 años, le fue otorgado un sable genuino y tan afilado, que podía cortar un jabalí por la mitad de un tajo separando incluso los huesos. Su padre, el chamán de la tribu, sufrió un paro cardíaco que acaba con su vida, pero en lugar de eso, lo sumió en un coma por varios días en los que aseguraba haber hablado con el dios Hagmourin, quien le ordenó poner una específica prueba a Kathia: debía tallar treinta y nueve runas específicas a lo largo de la hoja de su sable, las cuales ella debía memorizar mirando la hoja desde la hora del día en que el sol toca la punta del monte Mahner, hasta la hora en que el último rayo de sol desaparece. Con la imagen exacta de cada una de las runas en su mente, debía entrar en una profunda meditación alzando la hoja hacia Hag, la luna mayor, recordando todas y cada una de las runas de forma exacta, aguantando así el peso del sable. Sin importar la fatiga, el sable no debía ser desviado. Debía continuar así hasta que comenzara una tormenta, en la cual recibiría el impacto directo de un rayo que, si pasaba la prueba, saldría ilesa, el sable recibiría la bendición de Hagmourin y ella debería partir en busca de su destino lejos de la tribu, pero si fallaba, la mataría al instante.
Al despertar, el chamán así lo hizo. Talló las runas en la hoja haciendo caso omiso a todo lo que sucedía a su alrededor en un estado de trance tan profundo, que ni si quiera al salir de este podía recordar una sola runa de las treinta y nueve que había tallado. Era como si Hagmourin hubiese tomado su cuerpo para dibujar el mismo cada una de esas runas. Le explicó a su hija todo lo que su dios le transmitió minutos antes de fallecer por un paro cardio-respiratorio. Kathia lloró su muerte al igual que el resto de la tribu y se decidió a cumplir su prueba ese mismo día. Armándose de valor, venció el miedo y la tristeza que sentía y se alejó del resto de la tribu con su sable tallado. Nadie supo más de ella, pero todos recuerdan que aquella noche la luna bañó los valles con su luz para luego ser opacada repentinamente por nubes oscuras que hicieron llorar el cielo, para culminar con un relámpago que iluminó todo el valle intermitentemente como si del pasar del día y la noche en segundos se tratase, seguido de un estridente trueno que hizo vibrar la tierra.
Kathia había sobrevivido a tan dura prueba y emprendió su camino sin saber lo que buscaba ni el porqué, pero honró el último pedido de su padre, aunque fuese ordenado por un dios al que no le era leal.