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El Príncipe de la Caperuza Roja- Capítulo 06

Erila

—Entonces, perteneces a una tribu de áridos que se dedica a hacer caminos en el bosque —dijo Alín a modo de conclusión, mientras seguía los pasos del leñador que iba abriendo camino entre la flora.

—Así es. Hacemos claros para instalar casas o conectamos caminos.

—Y si se la pasan talando árboles, ¿por qué el bosque sigue siendo tan espeso?

—Ni idea, es una peculiaridad de Zarvalle, hay quien dice que este bosque es una entidad que crece y se niega a ser dominada. El caso es que por cada árbol que se tira crecen dos, de ahí el que sea tan espeso.

El hachero subió una pequeña cuesta de tierra suelta, mientras Alín lo seguía cada vez más cansado.

—Y si… y si es tan difícil vivir en este bosque… ¿por qué sigues aquí? ¿¡Por qué cualquiera sigue aquí!?

Alín apoyó su bota en un montículo de tierra suelta, que se desboronó ante su peso. Si no hubiera sido por la fuerte mano del hombre que lo tomó por la cintura, el chico se hubiera desnucado.

—Cuidado, mi príncipe. —Por algunos segundos, los dos varones se miraron directamente a los ojos sin decir palabra alguna—. Debe fijarse donde pisa —dijo el leñador después de unos segundos, ayudando al príncipe a pararse bien, para seguir el camino.

—Sí, gracias… —Alín detuvo su andar al darse cuenta que aun no conocía el nombre del leñador.

—¿Por qué te detienes?

—No sé tu nombre —respondió el chico—. Me salvaste la vida, hicimos un trato, me ayudarás a volver a Zandina y te haré caballero de la guardia… y ni siquiera sé tú nombre.

—Y me hiciste un oral, olvidaste mencionar esa parte.

Alín giró el rostro, avergonzado, mientras hacia un mohín.

—Ivory —sonrió el árido, extendiendo su mano.

—Ivory, el hachero —repitió el joven, aceptando aquel apretón de manos—. Yo soy Alín, príncipe de Zandina.

—Que prepotente suena que digas tu título, ¿sabes?

El joven príncipe volvió a sonrojarse ante esta burla.

—¡Lo siento si te molesta, pero soy un príncipe!

—¿Y eso qué? No tienes que ir por todos lados pregonándolo, ya me imagino lo ridículo que me vería yo si me presento de esa forma: soy Ivory, hachero y leñador, hacedor de caminos y… —el moreno comenzó a reír, interrumpiendo sus palabras— ¡Oye, ya entiendo porque lo haces! No suena tan mal, me sentí hasta importante.

—¡No compares mi título noble con tu profesión!

Ivory dejó de caminar al oír esto, y girándose hacia Alín, le arrojó su hacha, la cual fue atrapada con gran sorpresa.

—Si mi profesión no es importante para usted, príncipe, entonces continúe por delante, yo seré el chupa-penes quejumbroso y usted abrirá el camino hasta el mercado de Erila.

Dispuesto a no ceder, Alín avanzó hasta el último matorral que Ivory había sesgado.

—Te he visto hacerlo todo este tiempo, ¿qué tan difícil puede ser?

El príncipe empuñó el hacha y tiró el primer tajo sobre una rama retorcida que bloqueaba el camino, pero la hoja de metal se atoró en esta. El joven comenzó a tirar del mango, sin lograr recuperar el arma. Tras unos jalones más, Ivory se colocó detrás de él, y agachándose, le susurró al oído.

—Tranquilo, mi príncipe, esto se trata de maña, no de fuerza, y yo soy muy mañoso.

Colocando sus enormes manos sobre las de Alín, Ivory dio un tirón apenas más fuerte que los que había hecho el príncipe, pero mucho más efectivo, liberando el hacha de la rama, y aprovechando para pegar su cadera a la del joven, quien se estremeció ante el contacto.

—Ya me di cuenta de lo mañoso que puedes ser —aceptó Alín, regresando el arma a su dueño.

—Eso y que esta hacha es mágica —rio Ivory.

—¿Qué quieres decir con “mágica”?

—Que tiene magia. Eres algo lento, mi príncipe.

—¡Ya sé que quieres decir eso! ¡Deja de burlarte de mí! A lo que me refiero es ¿qué magia tiene, exactamente?

—Cada corte que yo de con ella, equivale a diez que pudiera dar cualquier otro. Por eso me es tan fácil usarla. —Para acentuar sus palabras, el moreno dio un tajo sobre la rama que Alín no pudo cortar, rebanándola finamente.

—¡Eso es trampa!

—Claro que no, tú tienes tu corona mágica, yo tengo mi hacha mágica, es justo.

—¿Y cómo la conseguiste? —pregunto Alín, mientras retomaban el camino.

—Me la dio la bruja Endora, ¿la conoces?

—He oído muy poco de ella, la verdad.

—Es una bruja marina que te da cosas a cambio de cosas, suele aparecerse en cuerpos de agua de vez en cuando para hacer sus tratos. Aquí en Zarvalle se aparece una vez al año en el rio en el que te encontré, ahí me dio mi hacha.

—Ella quería permiso para hacer lo mismo en la fuente de Zandina, ir una vez al año, pero mi abuela se lo negó. Tenemos entendido que es… bueno, abusiva con sus tratos.

—Lo es, esta hacha me salió bastante cara, pero eso es algo de lo que no quiero hablar.

Al ver lo sombría que se había vuelto la cara de Ivory, Alín ya no insistió en el tema.

Tras una hora más de camino, hachazos y bromas, por fin habían llegado a su destino.

Erila era un conjunto de chozas mal acomodadas entre los árboles, la negrura que reinaba era más pesada que en el resto del bosque, por lo que diferentes métodos de iluminación recortaban la oscuridad y creaban un ambiente extraño, tenso. Alín se sobrecogió al caminar por los pasillos ensortijados de esa comunidad, mientras miradas recelosas de diferentes criaturas caían sobre él y su brillante caperuza.

—No demuestres que tienes miedo y mantente siempre pegado a mí —le dijo Ivory, tomándolo del talle y pegándolo a su cadera. Alín se sintió algo humillado en esta posición, como si fuera la pareja sumisa del hachero, pero no se atrevió a protestar—. Si creen que eres mío, nadie te molestará —le explicó el leñador en un susurro—. Despides un olor ajeno al bosque, llamas la atención aunque no te lo propongas, lo mejor será que mantengas un perfil bajo.

Mientras hablaban, se iban adentrando más y más en esa colonia, donde diferentes servicios se ofrecían en letreros afuera de las chozas. Algunos de esos alfabetos eran desconocidos para el príncipe, pero los que si lograba entender lo estremecieron. Los servicios eran tan variados e iban desde los más inocentes como turismo guiado por el bosque o comida, hasta los más cínicos y desagradables como mercenarios a sueldo o boutiques de venenos y maldiciones.

—¿Me recuerdas que hacemos aquí? —pidió Alín, la voz le tembló al príncipe.

—Tengo un amigo, él inventa cosas, combina a la perfección la magia y la ciencia, estoy seguro que, pagando el precio adecuado, nos dará la forma de subir a Zandina.

—¿El precio adecuado? No tenemos dinero, ¿o sí?

—Yo tengo un poco, pero no creo que sea suficiente. De cualquier modo, estoy seguro de que encontraremos la forma de llegar a un acuerdo. —Para dar intención a sus palabras, la mano de Ivory se deslizó por la espalda del príncipe hasta posarse en su glúteo.

Alín estuvo a punto de reprenderlo, pero el leñador fue más rápido, tapándole la boca con la otra mano

—Recuerda que eres mío, al menos es lo que debemos demostrar ante estas bestias, así que quédese dócil y tranquilo, mi príncipe.

Notoriamente molesto, Alín soltó un resoplido, pero dejó que la mano de Ivory se quedara en donde estaba.

Cuando creyeron que habían logrado cruzar Erila sin ningún contratiempo, una criatura alta y delgada se cruzó en su camino, bajo su capucha de cuero se podía apreciar su piel escamosa, que relucía ante las farolas de un local cercano. Los ojos amarillos de pupila elíptica los miraban con curiosidad y malicia.

—Tú no eres de aquí, ¿verdad? —dijo con voz serpenteante hacia Alín.

Antes de que el príncipe contestara, Ivory lo haló más hacia sí.

—Ahora lo es, ¿tienes algún problema, ofidio?

—Tranquilo, yo solo preguntaba. Su piel se ve muy suave y delicada. ¿No tienes miedo de que se lastime si lo paseas por Erila?

—Nada le va a pasar porque está conmigo.

—¿Que raza es? —preguntó el extraño ser, siseando las palabras y olisqueando el aire.

—No es de tu incumbencia.

—Lo es, ya que está llenando el aire con su aroma… con su delicioso aroma, para ser más preciso. —Con una agilidad sorprendente, el hombre-víbora dio un brinco, dispuesto a enterrar sus colmillos en la cara de Alín, pero Ivory se adelantó, quitando al hada del peligro y desenfundando su hacha.

—¡Lárgate por donde viniste! —gritó el leñador con una voz potente que hasta el príncipe se estremeció.

—Solo quiero darle una probadita, no seas egoísta, es mucha comida para un árido. ¿O será que no te lo quieres comer, sino hacerlo tuyo?

Ivory intentó darle con el filo de su hacha, pero la criatura era más rápida, por lo que la esquivó con facilidad. Contorsionando su cuerpo en movimientos extraños, raptó por la capa del hachero hasta llegar a su espalda, donde estuvo a punto de clavar sus colmillos, si no fuera porque Alín lo enredó en su propia caperuza que tomaba como un arma.

Al ver las intenciones del villano, el príncipe había usado lo único que tenía a mano como arma.

Aprovechando la distracción, Ivory tomó por la cola al ofidio, estrellándolo con fuerza en el suelo, donde aturdido, no pudo evitar el hachazo que cortó su brazo de un tajo.

—¡¿Qué haces?! —gritó Alín, presa de los nervios, al ver la sangre negruzca brotar.

—Es un ofidio, le crecerá de nuevo —le apremió Ivory, tomando de la cintura al joven y echándoselo al hombro para empezar a correr—. Debemos huir, antes de que esto se ponga feo —explicó el hachero, imponiendo su voz por encima de los chillidos del ofidio, quien pedía ayuda a gritos.

—¡Mi caperuza! ¡No puedo dejarla! —gritó Alín, por lo que, bufando molesto, Ivory dio media vuelta, regresando por la prenda.

Ofidios, troles, áridos y una que otra criatura que Alín no identificaba ya se reunían ante los llamados de su colega.

Sin explicar nada, Ivory recogió la caperuza del suelo y corrió de nuevo.

—¡Él fue! —gritó el hombre-serpiente, señalándolo con un dedo largo y retorcido.

—¡Esto era lo que teníamos que evitar! —se quejó Ivory, empezando a meterse entre callejones para despistar a sus persecutores.

Al ver la pequeña choza que tenía delante, el hachero aceleró su paso, y en lugar de tocar la puerta, aprovechó su impulso para golpearla con su costado, abriéndola.

—¡Qué demonios! —gritó alguien dentro, al ver a los intrusos.

—No hagas escándalo, Zam, soy yo —le dijo Ivory, bajando a Alín y cerrando la puerta tras de sí.

Lejos de contentarse con esa respuesta, el dueño de la casa frunció más su entrecejo.

—Supongo que vienes a pagarme las dos mil telvas que me estafaste la última vez.

—No, yo…

—Entonces vienes a devolverme la piedra de Daul que me robaste.

—¡No, idiota! ¡Déjame hablar que no tenemos mucho tiempo!

Lejos de atender a su “amigo”, el larguirucho tipo ajusto los visores que usaba en ese momento para enfocar su vista en Alín.

—¿Quién es él y porque lo traes aquí?… no me digas que me piensas pagar con él.

Alín se sobrecogió al oír esas palabras, su mirada asustada buscó la de Ivory, quien negó con la cabeza.

—No, tonto. Vengo a proponerte el negocio del siglo, y es en compendio con este chico.

—¿Qué es él? —preguntó Zam, acercándose a Alín para verlo bien—. Es muy blanco y su cabello se ve suave, hasta parece un… ¡un hada de nube!

—Soy un hada de nube —aceptó Alín.

—¡Me sorprende que hayan cruzado Erila sin toparse con algún inconveniente!

—Bueno, ya que lo mencionas… —Aporreos en la puerta interrumpieron las palabras de Ivory, pero dieron a entender perfectamente lo que estuvo a punto de decir.

—Tenemos que largarnos ya —Ivory tomó de una mano a Alín y con la otra a su amigo.

—¿Quiénes son? —preguntó el moreno de rastas verdes ante los insistentes golpes.

—¿Aun tienes la nave que vuela?

—¿¡A quien mierda trajiste a mi casa!?

—Zam, escucha, ¿aun tienes la nave?

—S-sí… está en el patio de atrás.

—Toma la llave y vamos. —Mientras hablaban, Ivory y Alín cruzaban una puerta a un patio trasero, lleno de chatarra y artículos varios que eran protegidos por una barda de hierro.

—Sí tengo mi nave —dijo el joven, señalando un artefacto raro con dos asientos y alas parecidas a las de un murciélago—, pero no sé si deba confiar en ti, cada gran negocio que traes aquí resulta en pérdidas materiales y enormes riesgos para mi integridad física. —A pesar de sus quejas, Zam ya llevaba la llave en la mano.

—Este negocio no, así que vamos a tu nave, ya.

—No aceptaré ningún trato que… —En ese momento, los tres jóvenes escucharon como la puerta cedía ante los golpes, rompiéndose en pedazos.

—¡Mi puerta!

—Deja de perder el tiempo y préndela, Zam. Te prometo que te compraré cien puertas cuando acabemos con esto.

Tras un suspiro, Zam tomó un par de cubetas con diferentes líquidos que estaban junto a la puerta de la casa—. Abre ese portón —le dijo a Ivory—. De verdad que me tienes que compensar esto —recalcó Zam, al tiempo que vertía el contenido de una cubeta en la otra, uniendo los líquidos, los cuales comenzaron a desprender un humo espeso y verdoso—. ¡¿Qué esperan?! ¡Súbanse! —De una patada, arrojó la cubeta hacia dentro de la casa, donde sus persecutores estaban.

La casa empezó a llenarse de humo de una forma rápida, mientras que los tipos que estaban dentro comenzaron a toser agresivamente, quejándose del ardor en sus caras y gargantas.

—¿Qué fue eso? —preguntó Alín, pero nadie le contestó.

Ivory tomó asiento en la maquina, y palmeando sus piernas, le indicó al príncipe que se sentara. Tras dudarlo un poco, Alín cedió, sentándose encima de Ivory, y tal como lo había pensado, el hachero se encargó de que su miembro quedara bien acomodado entre los glúteos del joven.

Zam tomó asiento al volante, y tras colocar la pesada llave de hierro que traía en una ranura, en el tablero, la maquina comenzó una leve vibración que asustó al príncipe e hizo que se aferrara al cuello de Ivory.  La maquina comenzó a resplandecer levemente, indicando que había magia en todo eso.

La nave comenzó a avanzar con ayuda de sus ruedas, lento al principio, pero ganando velocidad gradualmente, cuando apenas habían alcanzado el portón abierto, dos ogros y una criatura que Alín no conocía, salían por la puerta, tomando grandes bocanadas de aire.

Asustado, Alín comenzó a temblar, mientras cerraba los ojos con fuerza. Al verlo, Ivory sonrió con ternura, rodeando al príncipe con sus fuertes brazos, para darle seguridad.

—Tranquilo, príncipe, esta máquina es fuerte. Si tuviera que poner mi vida en las manos de un árido inventor ilegal, ese sería Zam.

—Gracias, pero no quiero tu apestosa vida, quiero mi dinero, el que me debías ya y el que me debes ahora, y también una buena explicación del porque tuve que huir de mi casa, dejando mis inventos a merced de esas ratas del Erila.

—Tranquilo, Zam. Acabas de entrarle al negocio de tu vida, ¿verdad, mi príncipe? —Tras decir estas palabras, la lengua de Ivory lamió con suavidad la oreja de Alín. Provocándole escalofríos al chico, que extrañamente le fueron agradables.

Hasta aquí este capítulo, espero que les haya gustado y como es costumbre, les ruego que me dejen sus impresiones en los comentarios, sin más que decir, me despido n.n

Desveladamente: Yuki


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