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El Príncipe de la Caperuza Roja- Capítulo 05

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Alín apretó los ojos, en espera de que todo culminara más rápido, pero una burlona voz familiar lo sorprendió:

—Si dejas que eso entre en ti, no vas a sobrevivir, pequeño.

Abriendo los ojos, Alín se giró al origen de la voz al mismo tiempo que los hermanos hacían lo mismo.

—¡Esto no es tu asunto, árido! —le gritó el trol que tenía Alín al frente, poniendo de nuevo su enorme miembro en la boca de este.

—Sé que no te gustan mis consejos… —le dijo el moreno, que momentos antes Alín había visto bañarse, ahora vestido y con su hacha al hombro—… pero escucha este: záfate de esos dos mientras puedas, o vas a acabar con los intestinos destruidos, y sería una pena tratándose de una criaturita tan mona como tú.

Alín intentó zafarse para responder, pero dos pares de enormes y bruscas manos lo impidieron, aún así y con hilos de baba y otros líquidos escurriendo de su boca, logró soltar:

—A-ayúdame, por favor.

Ante la genuina súplica del hada, la sonrisa del moreno se borró. Con un suspiro de resignación, el hombre empuñó su arma.

—Ya oyeron al chico, suéltenlo o probarán el filo de mi hacha.

—¿Oíste, hermano? —se mofó el trol que estuvo a punto de violar a Alín—, ¡este árido cree que va a poder contra un par de fuertes troles de bosque!

El otro trol soltó una fuerte carcajada ante el mal chiste de su hermano.

—Deja termino con él, para poder seguir divirtiéndonos con nuestro nuevo juguete. —Soltando a Alín, la criatura se lanzó hacia el hombre como si quisiera embestirlo, pero con un movimiento rápido de su muñeca, y ante los ojos sorprendidos de los dos espectadores, el brazo derecho del atacante salió volando en un limpio corte.

El desgarrador grito de la criatura estremeció a Alín, quien se sorprendió al ver que no había ni una gota de sangre, ni en el hacha, ni en hombro tajado del trol, ni en el brazo inerte que caía al agua del arroyo.

—¡Le cortaste el brazo a mi hermano! —rugió la otra criatura.

—Agradezcan que solo fue el brazo. Ahora, tómenlo como una advertencia y lárguense o… —Al ver que ambas criaturas corrían hacia él para atacarlo, el hachero, suspiró mientras tomaba pose de ataque—. ¿Por qué los troles son tan estúpidos y quieren siempre hacerlo del modo difícil?

Al ver la batalla que se desplegaba ante él, Alín aprovechó el momento, y poniéndose de rodillas, comenzó a buscar la corona que había perdido momentos antes.

—Debo salir de aquí, antes de que se den cuenta —dijo para sí, cuando sus manos dieron por fin con la anhelada prenda, el desnudo joven se puso de pie, dispuesto a correr, cuando cayó en cuenta de que ya solo quedaba uno de los troles en pie, y este retrocedía, asustado del hachero.

—¡Por favor, no me mates! —lloriqueó la criatura, pero el leñador solo avanzaba hacia él con paso decidido. En un último intento de sobrevivir, el trol echó a correr, empujando a Alín fuera de su camino, quien cayó al agua, soltando la corona de nuevo.

El hachero alzó su arma en el aire, y arrojándola con fuerza, la incrustó en la cabeza de la horrible criatura, quien cayó pesadamente en el agua, donde su cuerpo comenzó a desintegrarse a una velocidad exagerada, convirtiéndose en moho y luego volatizándose.

—Eso es lo que me gusta de luchar contra troles —dijo el hombre, acercándose a recoger su hacha—, no sangran y desaparecen rápidamente, después de la batalla todo queda limpio y sin desorden.

Al comprender que estaba a salvo, lágrimas de alivio atravesaron la carita de Alín, quien corrió hacia el hachero y lo abrazó con fuerzas, dándole las gracias.

El hombre sonrió ante el gesto del príncipe, y colocó su enorme mano en la espalda de Alín, percatándose con picardía que el príncipe seguía desnudo. Alín también cayó en cuenta de ese detalle al sentir la mano áspera del leñador, por lo que, abochornado, se separó de él para ir por su ropa, que había quedado en la orilla del arroyo.

—De verdad, muchas gracias —dijo el príncipe mientras se vestía, pero la risa burlona del hombre lo hizo girarse.

—Nada de gracias, pequeño, esto será mi justa paga —La mano del tipo sostenía la corona de Zandina.

Apenas con su pantalón puesto, Alín corrió hacia el hombre, intentando recuperarla, pero con solo alzarla un poco más, el leñador la dejó fuera de su alcance, pues medía mucho más que el príncipe.

—¡Por favor, devuélvemela!

—¡No seas ingrato! Si no fuera por mí, en estos momentos estarías muerto y con las tripas de fuera, creo que esta joya es un pago justo por mis servicios.

—¡No sabes lo que esa corona representa!

—Claro que sí. Representa por lo menos tres cifras en el bazar o un buen trato con la bruja del mar.

Indignado por ese comentario, Alín dio un salto, logrando tomar la corona con su mano, pero la fuerza del leñador era tal, que logró mantener en alto la prenda y Alín junto con ella.

—¡Esa corona representa la salvación de Zandina! —gritó el príncipe.

—¿”Zandina”? —repitió el leñador, extrañado—. ¿Te refieres a la isla que flota sobre Zarvalle?, ¿la que está plagada de hadas?… ¡¿tú eres un hada de Zandina?! —Sorprendido, el leñador dejó caer a Alín, quien se aferró a la corona—. Esa es tu corona, ¿verdad? ¡Eres un rey! ¡Le salvé el culo a un rey!

—No soy un rey, aun no por lo menos, soy el príncipe de Zandina.

—Bueno, igual eres de la familia real. —Alín se colocó la corona, mientras terminaba de vestirse, por su lado, el leñador chapoteaba mientras caminaba de un lado a otro, con la mano en el mentón, analizando todo—. La recompensa que me darán tus padres al saber que te salvé debe ser grande, ¿verdad?

—Mis padres están muertos. Mi abuela es la reina de Zandina.

—Padres, abuela, esposa, ¡no importa! Salvé al príncipe… oye, ¿crees que me nombren caballero o algo así?

Alín miró con extrañeza al hombre, para después colocarse su caperuza mojada y cubrir la corona.

—Te recompensarán sí saben que me ayudaste, pero para eso debo llegar a Zandina. —Con un suspiro, el príncipe prosiguió—. Esta corona representa la salvación de mi pueblo, debo llevarla antes de que sea tarde.

—Suerte con eso —se burló el hombre.

—Si… bueno, ¿sabes cómo puedo llegar a Zandina?

Acentuando su cara de burla, el hachero señaló con su índice hacia las copas de los arboles.

—Todo derecho hacia arriba, no tiene pierde.

Alín torció los ojos ante la broma inoportuna.

—¡Es enserio! ¡Tengo poco tiempo para regresarle su corona a mi abuela!

—Niño, para ir hacia arriba tienes que primero poder ver el cielo, y si no te has dado cuenta, las copas de los arboles en esta zona son demasiado densas. Para que puedas subir, tienes que primero llegar a los límites del bosque, pero no lo lograrás.

—¿Por qué dices eso?

—¿No te has visto? Eres pequeño y delicado: todo un manjar para las criaturas de este bosque, yo mismo soy un árido y mido el doble que tú, y esos troles pesaban cuatro veces tu peso.

—Esos horribles troles me tomaron desprevenido, pero no volverá a pasar, por si no lo sabes, como príncipe que soy, fui entrenado.

—No importa el entrenamiento que te haya podido dar otra hada delicada como tú. No estás en Zandina, entiende, estás en Zarvalle, aquí todos son grandes, brutos y fuertes.

—Pero no todos son malos, tú me ayudaste, por ejemplo.

—Sí, suerte encontrando a los buenos antes de que los malos te destrocen el culo.

—¡¿Quieres dejar de hablar de culos?!

—¡Es enserio! —El leñador suspiró, enseriando su cara—. ¿Viste como esos troles aceptaron dejarte la caperuza con tal de que los complacieras? ¿Sabes por qué fue?

—¿Por qué eran unos depravados?

—También, pero el motivo principal es porque las mujeres de su raza son iguales a ellos.

Alín puso cara de asco al escuchar eso.

—Sí, pero no me refiero solo físicamente, son igual de agresivas y violentas, como todo en este bosque. Tener relaciones aquí, es solo por dejar descendencia, no por placer, es una batalla cada vez que intentas procrear, y si encuentras una criatura más pequeña, pues abusas de ella con tal de obtener algo de placer. ¿Y qué crees príncipe zandildeño?

—Zandinense.

—Como sea. Tú eres la criatura más pequeña y bonita de este bosque.

Alín palideció ante aquel dato.

—Te destrozarán el culo cien veces antes de que llegues a la mitad de Zarvalle.

Alín bajó la vista, claramente desanimado, pero el recuerdo de su abuela, lo hizo erguirse de nuevo.

—Ayúdame tú.

—¿Qué?

—¡Ayúdame a regresar a Zandina, por favor! ¡Ayúdame a salvar a mi reino!

—Suena a problemas innecesarios.

—¡Por favor! —rogó el príncipe—, eres grande y fuerte, y tu hacha… es mágica, ¿verdad? ¡Cortaste el brazo del trol de un solo movimiento!, nadie puede hacer eso, por muy fuerte que sea. Ayúdame, te lo suplico.

Rascando su nuca, el hachero desvió los ojos en busca de una salida.

—¡Te daré dinero! ¡Mucho! ¡Más de lo que vale esta corona!... ¡Te nombraré caballero como querías!

El hombre entornó sus ojos al oír esto.

—¿Seré un caballero con título?

—¡Sí! Es más, te daré un puesto en la guardia de Zandina si me ayudas.

Sonriendo con estoicismo, el hombre asintió.

—Está bien, pero vas a cumplir todo lo que me acabas de prometer, ¿oíste?

—Lo haré, ¡lo prometo!

—Pero antes, tengo una última condición.

—Dime, lo que sea.

El hachero bajó su bragueta ante los ojos anonadados del príncipe y moviendo su ropa interior, dejo salir un miembro en reposo, pero aun así bastante largo y grueso.

Alín sintió que el color subía a su cara.

—¿Que pretendes?

—Lo que dije sobre el sexo en este bosque es cierto e incluye a todas las razas, aun a los áridos, así que…

—¿Pretendes que yo?

—¡Vamos! Vi como te esmerabas con los troles, la mía es más pequeña, no batallarás.

—No dejaré que me folles.

—No pretendo eso… no de momento. Solo usa tu boca, como con los troles. —A modo de invitación, el hachero sacudió un poco su miembro—. Es por Zandina, ¿recuerdas?

Comprendiendo que si ya lo había hecho con los troles, el hacerlo con el hachero no representaba un gran reto, además, lo necesitaba de su lado. Por otra parte, el hombre era bastante guapo, no tenía porque ser desagradable. El príncipe caminó hasta él, hincándose enfrente.

—¿De verdad lo harás? —preguntó el hachero con burla.

—Eso quieres, ¿no?

—Sí, eso quiero.

Alín sacó su lengua y de forma tímida lamió el miembro del hombre, subiendo desde el glande hasta su base, sintiendo su calidez y llegando hasta el vello que se asomaba a través del pantalón.

El hachero se estremeció ante la lengua tibia del príncipe, y de inmediato su pene se erectó con entusiasmo. Una palpitante vena lo recorría desde la base hasta el final del tronco.

—A eso me refiero —suspiró el hachero con los ojos cerrado.

Animado por el comentario, el príncipe engulló el falo del hombre de un solo bocado. Después de que los troles le habían abierto la garganta, no fue difícil para Alín hacer aquello.

«Tal vez algún día pueda probar el de Nezton», pensó el príncipe con lujuria, mientras su lengua rodeaba con ansia el miembro en su boca. Su saliva se mezclaba con el precum, formando un abundante líquido de gusto salado, que escurría por su barbilla y que a la vez tragaba con voracidad.

Las manos del hachero se posaron sobre el cabello esponjoso de Alín para marcarle con cierta rudeza el ritmo.

Alín se dejó hacer. Agradeciendo que no fuera muy brusco y aceptando aquellos embistes, mientras que los testículos del hombre golpeaban su barbilla.

—¡Qué boquita tan golosa tienes, príncipe! Jamás conseguirías una mamada así de buena de una árida —exclamó el hachero.

Sintiéndose alagado, Alín succionó con más fuerza, imponiendo más velocidad en el movimiento. Tras unos segundos más así, el hachero puso sus manos rígidas, apretando a Alín contra su pelvis, y descargando cerca de nueve trallazos que Alín tuvo que tragar para no ahogarse, la cantidad de semen fue exagerada, una buena parte de aquel líquido brotó por las comisuras de la boca del príncipe.

Cuando por fin fue liberado, el joven se alejó, dejando que el resto de la mezcla de semen y saliva saliera de su boca.

—Eso fue increíble, mi príncipe —le dijo el hombre, guardando su miembro.

—Debió serlo para que te vinieras tanto, ¿hace cuanto que no eyaculabas? —Inquirió Alín, acercándose al arroyo para enjuagarse.

—No hace tanto —respondió el hachero, abochornado.

—¡Fue más de medio litro!

—Es algo normal. ¿Cuánto eyaculan los hadas nube?

—No sé, no tanto.

—Pues acostúmbrate, porque así es como lo hacemos los áridos, y este te va acompañar en un largo viaje en el que ocupará seguido de tus atenciones.

Alín intentó corresponder la sonrisa del hachero pero no pudo dejar de pensar que tal vez estaba en un aprieto nuevo.

Llegamos al final de este capítulo, ¿qué opinan del nuevo personaje: el hachero?

Espero que este trabajo esté siendo de su agrado y no duden en dejarme comentarios para guiarme a escribir lo que les gusta.

Felizmente: Yuki


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