El Príncipe de la Caperuza Roja- Capítulo 04
Added 2022-03-28 15:24:47 +0000 UTCCuando su cabeza chocó contra algo duro y lo hizo perder el conocimiento, Alín creyó que había muerto. Ahora que se encontraba en el suelo cubierto de musgo, y con todo el cuerpo doliéndole gravemente, se dio cuenta de que no había sido así. Sus ojos azules se preñaron en llanto, mismo que se desbordó por sus mejillas sucias, dejando caminos dibujados en el polvo.
Alín se regaló varios minutos para llorar, lloraba porque su cuerpo le dolía, lloraba porque la rama que amortiguó su caída no encontró mejor parte de su cuerpo para estrellarse que su cabeza, la cual sangraba manchando su caperuza. Lloraba porque Láximus había traicionado su reino y ahora se encontraba en la misma habitación que su abuela hechizada y su primo golpeado. Alín lloraba fuertemente porque no sabía qué hacer, porque se encontraba en el bosque Zarvalle, a merced de mil criaturas que no conocía y tan lejos de la tibia luz de las flores de cristal.
Cuando el llanto cesó por fin, Alín sentía su cuerpo adolorido y cansado, ¿quién diría que agotaba tanto llorar? Ahora que ya no había lágrimas dentro de él, se dio cuenta de que debajo de toda esa agua que manó de sus ojos, había algo más, algo escondido, esperando a que el príncipe se vaciara para poder relucir como un tesoro: Ira, indignación y sed de desquite.
—Debo regresar a Zandina —se dijo el joven—, debo regresar la corona y evitar que Láximus convierta mi reino en una granja de carne para urkas.
El príncipe se puso de pie, descubriendo nuevos dolores en su cuerpo mallugado, aun así agradecía que el impacto no hubiera sido mortal. De pronto, Alín comenzó a girar sobre sus talones asustado, la alarma se reflejaba en sus ojos y en sus movimientos torpes pero rápidos.
—¡La corona! —dijo para sí—. ¿Dónde está la corona de Zandina? —Al descubrir la anhelada prenda tirada a pocos metros de él, el príncipe suspiró con alivio, y al recogerla, se la colocó en la cabeza, para después ponerse su caperuza y así ocultarla—. Este bosque está lleno de urkas y otros tipos de depredadores, debo tener cuidado y no llamar la atención —dijo—… y dejar de hablar en voz alta, eso ayudaría.
El joven miró hacia arriba, esperando ver a Zandina y decidir la mejor forma de regresar, pero en su lugar sus ojos solo vieron las ramas que se retorcían y se esforzaban por ocupar lugar, nublándolo todo, y manteniendo el bosque a oscuras.
—¿Cuánto tiempo habrá pasado desde que caí hasta que desperté? ¿Ya habrá pasado el eclipse estelar? ¿Mi abuela seguirá usando ese horrible collar? ¿Nezton estará bien? ¿Seguirá vivo? —Al entender que podía pasar mucho tiempo antes de obtener la respuesta de estas preguntas, el joven suspiró con desanimo y comenzó a caminar.
El bosque de Zarvalle era muy oscuro, y sonidos extraños acechaban cada rincón, refugiados por la oscuridad. Alín no logró avanzar más de veinte metros, sin haberse caído tres veces. Fue entonces que comprendió que si quería salir bien parado de ahí, debía intentarlo de día.
Cómo pudo, el joven se acomodó entre las raíces sobresalientes de un árbol, y refugiado del frio por su caperuza, dejó que el cansancio lo venciera.
El sueño de Alín fue una mezcla de pesadillas y recuerdos, se veía a sí mismo sin pantalones en la mesa de la oficina de Láximus, para después ver a su abuela con el collar puesto. La oscuridad cubría todo, y la reina comenzaba a brillar de verde, iluminando el escenario. El joven intentaba pelear contra Láximus, pero se le dificultaba mucho hacerlo mientras intentaba cubrir su desnudez, y luego, el suelo se vencía bajo él, dejándolo caer a un abismo oscuro y aprensivo.
Alín despertó notoriamente agitado. Su cuerpo ahora no solo estaba adolorido, sino que entumido también.
Estirándose, el príncipe se puso de pie, y tras comprobar que la corona seguía en su cabeza, decidió comenzar su regreso a Zandina.
—¿Cuánto dijo Láximus que tenía para quitarle el collar a mi abuela?, ¿una semana? ¿Lo dijo de verdad o fue en mi sueño? —cavilaba Alín, mientras caminaba esquivando raíces salidas, piedras y matorrales.
El murmullo de agua llegó hasta sus oídos y el joven fantaseó con la idea de poder lavarse las manos y la cara, y perder un poco del polvo obtenido. También descubrió que su boca y garganta estaban secas, así que un buen trago del vital líquido, no le caería mal.
Tras unos arbustos de moras, el joven encontró un riachuelo, no era profundo, pero serviría para lavarse.
Con emoción, se quitó sus botas y estuvo a punto de quitarse su caperuza también, pero el recuerdo de la corona de Zandina resguardada bajo la tela roja, lo detuvo. Sus pies sonrosados se estremecieron ante el contacto del agua fría, sensación que no le fue desagradable, y agachándose, comenzó a lavar sus manos. Aun con la caperuza puesta, y sin importarle que estuviera mojando el borde de la tela, prosiguió a lavarse la cara.
—Si te quitas ese trapo rojo, evitarás que se moje —le dijo una voz con cierta burla.
Alertado, Alín se enderezó, y con la cara aun escurriendo, comenzó a mirar en derredor buscando el origen, fue cuando descubrió a un tipo, recargado en unas piedras, sentado en el agua y con el torso desnudo, probablemente abajo del agua tampoco había ropa.
—¿Q-quién eres? —El príncipe de Zandina descubrió con molestia que la voz le temblaba.
—Solo es un consejo —dijo el fornido tipo encogiéndose de hombros—. Si no quieres que tu ropa se moje, hay que quitársela antes de entrar al rio. —El índice del tipo señaló la orilla del riachuelo, donde yacía su propia ropa, demostrando su punto.
—G-gracias —respondió el príncipe, pero en lugar de hacer caso, ajustó más su caperuza. Ese hombre no le daba buena espina, y jamás se quitaría su caperuza delante de él, revelando la corona que ocultaba.
El hombre se encogió de hombros, al ver que su consejo fue ignorado, pero el reflejo del sol en la piel de Alín lo hizo percatarse de lo blanca que esta era. Irguió sus ciento noventaisiete centímetro, chorreando agua que hacia brillar su piel morena y resaltaba sus músculos.
Alín quedó embelesado por la gruesa criatura, sin saber si debía agradecer o maldecir el hecho de que sí trajera ropa interior.
—Tu piel es demasiado blanca —dijo el hombre, chapoteando agua al acercarse.
Alín retrocedió un poco de forma instintiva, preguntándose a que especie pertenecía aquel tipo, tan diferente a las hadas de nube o a los urkas incluso.
—N-no te me acerques —logró soltar al fin. El tipo detuvo su andar, pero sonrió con burla—. T-te lo advierto.
—Tu voz tiembla mucho para hacer advertencias, ¿no crees? —El tono del moreno seguía siendo jocoso, Alín entendió que le estaba tomando el pelo—. Yo solo quería darte un consejo.
—N-no necesito ningún consejo… gracias.
—Como quieras. —El hombre se alejó hacia la orilla, donde, con exceso de paciencia, tomó su ropa del suelo y una pesada hacha que estaba escondida debajo de está. Tras echarse todo al hombro, comenzó a caminar, mientras el agua escurría por su cuerpo.
—¿N-no te vestirás? —preguntó Alín.
—Mi ropa se mojaría si lo hiciera, debo secarme primero.
Alín no perdió detalle de la musculosa espalda mientras la distancia entre ellos se acrecentaba. Después, sacudiendo la cabeza para alejar pensamientos poco productivos, decidió que tenía que buscar la forma de salir del bosque y llegar a Zandina, si quería seguir siendo un príncipe, más aun, si quería seguir teniendo familia.
El hada de nube se mojó la cara una última vez, cuando una nueva voz lo estremeció, esta vez más gruesa y gutural que la del moreno.
—¡Mira la pequeña cosita que nos hemos encontrado!
—No cabe duda de que estamos de suerte —respondió una segunda voz, igual de grave y socarrona.
Sintiendo que las piernas le temblaban, Alín se giró para encarar a los seres que se mofaban de él.
El corazón del príncipe se encogió al estar frente a dos criaturas que solo conocía a través de libros e ilustraciones: trols. Ante él tenía a dos altos y corpulentos seres, con piel oscura, cabello largo y en tonos verdes y castaños. Sus ojos eran pequeños y amarillos; y resplandecía cierta ausencia de inteligencia en ellos. Y en diferentes partes de su cuerpo, el musgo y algunos hongos crecían libremente.
Las partes bajas de ambas criaturas iban cubiertas por trapos sucios a modo de taparrabos.
Con pasos torpes y pesados, ambos seres entraron en el agua, acercándose de forma casi grosera a Alín.
—N-no se me acerquen —dijo el príncipe, pero solo recibió burlas a cambio.
—¿Qué haces aquí? Tú no eres de este bosque, ¿verdad?… —dijo el que tenía el cabello más oscuro.
—N-no, no lo soy.
El otro trol rodeó a Alín hasta pararse detrás de él, dejando al príncipe en medio de él y su compañero.
—¡¿Por qué le preguntas eso?! ¡Qué nos importa de dónde viene!
—Solo intento ser educado, hermano.
—¿Educado con la comida? —se burló el trol detrás de Alín, estas palabras le hicieron entender al príncipe que estaba en peligro, por lo que, aprovechando la distracción entre los hermanos, intentó correr, cosa que fue muy difícil en aquel riachuelo, al entender su propósito el trol que tenía frente a él lo tomó del brazo con potente fuerza.
—¡¿A dónde vas tan rápido, pequeño?! ¡Yo intento ser educado contigo y tú sales corriendo! ¿No te enseñaron modales? —Las palabras de la criatura fueron coronadas con una bofetada que tiró a Alín en el riachuelo, aturdido y mareado.
La boca le tomó un gusto a sangre y la vista se le había nublado.
—¡Párate! —gritó la criatura.
Con mucho esfuerzo, y sintiendo que la cabeza se le abría del dolor, Alín obedeció, levantando la vista, el hada de nube demostró con su mirada que el miedo se había convertido en impotencia y enfado.
—¡Si las miradas mataran! —rio el trol—. ¡Pero no lo hacen! Aunque admito que tienes ojos muy bonitos.
El otro monstruo tomó con su enorme mano la cabeza de Alín y la giró hacia él, con brusquedad, el príncipe pudo percibir un olor a musgo y tierra con este gesto.
—Tienes razón hermano, y su piel es muy suave. Creo que sería una lástima comerlo, podríamos aprovechar mejor su cuerpo.
Los ojos de Alín volvieron a reflejar verdadero temor, mientras que su estómago se encogía.
—Quítate esa caperuza, déjanos ver bien tu rostro de bebé.
Si Alín ya tenía miedo, ante esta petición el terror se apoderó de él. Si se quitaba la caperuza, revelaría la corona que tenía escondida, y esos horribles seres no dudarían en robársela, pues, aunque desconocían el poder del cristal, se veía bastante valioso.
—Mi… mi caperuza no, por favor.
El trol hizo el ademan de volverlo a abofetear, cuando el príncipe posicionó sus manos en la fajilla de su cintura.
—Me quitaré lo que quieran, pero no mi caperuza, ¡por favor! —La mano del trol se detuvo en el aire.
—¿En serio? —preguntó divertido—. ¿Cooperarás de forma sumisa?
El morbo y el deseo se vieron en los ojos de los hermanos.
—S-sí, si me permiten mantener mi caperuza puesta.
Una mirada lasciva se intercambió entre aquellos seres, para después asentir.
—Quítate todo lo demás, entonces.
Alín sintió una mezcla extraña e impotente de alivio y miedo.
Estaba a punto de perder su virginidad, prácticamente a la fuerza y con dos criaturas feas, desconocidas y sabrá dios que tan dotadas, pero también acababa de resguardas la corona que representaba su pueblo y su salvación. Ahora no le quedaba de otra que sacrificarse y someterse, por el bien de Zandina.
Con dedos lentos, desabrochó su faja y la arrojó a las orillas del rio, para después comenzar a desabotonar su chaqueta.
—¡Eres muy lento! —gritó uno de los trols y tomando ambas manos de Alín con una sola de las suyas, lo levantó, suspendiéndolo en el aire e inmovilizándolo con una facilidad impresionante.
Con la mano libre, el trol tomó la ropa de Alín y girándola un poco, dio un fuerte tirón que la arrancó en trozos, provocando un grito de sorpresa y algo de dolor en el príncipe, que sin esperarlo, ya estaba portando solo su ropa interior y su caperuza.
—¡Mira esa piel tan blanca y suave! No es muy común en este bosque—dijo el otro hermano, sobando con obscenidad su entrepierna, mientras que el trol que tenía a Alín por las manos, lo acercó hasta si para succionar con fuerza uno de sus pezones.
El príncipe intentó apartarlo, dándole una patada que atinó al estómago de la bestia, pero esta no pareció sentir nada. Aun así, sacudió con fuerza al príncipe, mientras le daba una segunda bofetada que dejó medio inconsciente al príncipe.
—¡Tenemos un trato, pedazo de mierda! —le dijo—. ¡O te portas bien o te vamos a coger mientras te comemos al mismo tiempo! Mira que ya probé una de tus tetillas y sabe bastante bien.
—Termina de desnudarte —ordenó el otro trol, a lo que Alín se apresuró a quitarse su ropa interior, quedando solo con su caperuza.
—¿Habías visto un pene más pequeño? —preguntó con burla uno de ellos.
—No, este debe ser el más diminuto de todo el bosque —respondió con burla el otro, señalando al avergonzado Alín.
—¡Estos si son penes! —dijeron las criaturas, moviendo sus taparrabos y dejando ver los miembros más grandes que Alín hubiera visto en su vida—. Ahora híncate y adóralos.
Resignado y entendiendo que si obedecía, todo acabaría más pronto y con menos dolor, Alín tragó el nudo que se había formado en su garganta y se dejó caer de rodillas. Los dos troles se acercaron hasta estar prácticamente encima de él, dejando sobre su rostro dos miembros largos, gruesos y surcados de palpitantes venas, los troles estaban tan excitados con la sumisión del príncipe, que ya comenzaban a emanar precum, mismo que goteó sobre la cara del príncipe.
—Chupa —dijo uno de ellos con la voz ronca.
Tomando aire y cerrando los ojos, Alín abrió la boca y dejó que el glande que tenía enfrente se introdujera, pero era tan grueso que la mandíbula le dolía y aun así no lograba entrar del todo.
—No llevas ni la mitad —dijo el trol, tomando la caperuza de Alín y halándola, provocando que su pene entrara más profundo, lastimando la garganta del príncipe. El fuerte aroma de los troles inundó sus fosas nasales, y le provocó arcadas, pero no tuvo tiempo de más reacciones, el otro trol tomó la base del pene de su hermano y empujó aun más. De pronto, Alín no podía respirar, el pánico se apoderó del chico, mientras que los hermanos reían divertidos, al ver su cara enrojecida.
Cuando vieron que no aguantaría más, el miembro fue retirado de su boca, dejando que el aire pro fin entrara, gruesos hilos de precum y baba mantenían el pene y la boca de Alín unidos.
—Ahora el mío —dijo el otro, levantando su pene y dejándolo caer con fuerzas en la cara del chico, sonsacándole un gemido de dolor. Divertido, el trol repitió la operación, y su hermano se unió al juego, Alín sentía como los pesados penes lo abofeteaban y pronto su cara estaba impregnada en líquidos, enrojecida y adolorida.
—Bueno, ya es hora de que me la chupes a mi también —dijo el trol, introduciendo su pene, igual de grueso que el anterior, en la boca de Alín—. ¡Y esmérate!
El príncipe, obedeció, más por necesidad de que acabaran ya, que por otra cosa, así que engulló lo que podía de aquella bestia, mientras se ayudaba con sus manos para masturbarlo. El joven recordó cuando le había ayudado a su primo a masturbarse, y comparó sin proponérselo el pene rosado, delgado y casi bonito de Nezton, con la monstruosidad babeante, llena de venas y caliente que le perforaba la boca y le dejaba la lengua y la garganta llena de olores fuertes y sabores almizclados.
—No olvides mis bolas —indicó el trol, sacando su pene de la boca del príncipe y dejándola sobre su cara, mientras la nariz y la lengua del chico se pegaban a los testículos enormes y pesados, para lamerlos con esmero.
Alín estaba tan entregado a su tarea, cuando la sorpresa acudió a él, pues se sintió tomado por la cintura y levantado en el aire.
—¡Sigue chupando! —le ordenó el trol que tenía enfrente, y Alín entendió la descarada amenaza que había en esas palabras, por lo que, ahora levantado por el otro hermano y puesto de cabeza, siguió llenando aquellas bolas de saliva para después recogerla con su lengua y repetir la operación.
El trol que había levantado a Alín hundió su cara entre las nalgas del príncipe y aspiró con fuerza, provocando que este se intentara girar, pero las manos del trol que tenía enfrente lo impidieron. La criatura que lo tenía agarrado y de cabeza, se ayudó de su mano libre para separar las lechosas nalgas del príncipe y hundir en ellas su lengua.
La sensación fue demasiado para el príncipe, quien comenzó a retorcerse sin resultados.
—Tú deja que mi hermano te atienda, si queremos que eso que tienes en la boca entre sin dañarte mucho, debemos prepararte —se mofó el trol.
Alín cerró fuertemente los ojos, mientras la lengua hurgaba en su interior, y al caer en cuenta de lo largo y grueso del pene del monstruo, sintió espanto al entender que pronto estaría dentro de él.
—N-no me va entrar —dijo con voz ahogada.
—¡Si puedes hablar, puedes mamar! —indicó el trol y Alín obedeció por miedo a otra bofetada.
Entregado de lleno a sus nuevos deberes, el príncipe descubrió que las sensaciones que la lengua del trol le provocaba no eran del todo desagradables, y recordó lo que el mismo Láximus le hizo con su boca y lengua
Si el urka hubiera intentado llegar más lejos, ¿hasta dónde se lo hubiera permitido? Se cuestionó el príncipe, recordando al traidor.
El trol que tenía a Alín en el aire, lo dejó caer pesadamente, y por un momento, el príncipe se vio en el agua, tosiendo e intentando incorporarse. Cuando logró sacar la cabeza del agua, se dio cuenta de que la caperuza se le había bajado. Con pánico, el chico llevó las manos a su cabeza y descubrió que la corona de Zandina ya no estaba.
Apenas se disponía a buscarla en el fondo del riachuelo, cuando las palabras de los hermanos lo paralizaron:
—¡Es hora de meterlo! —Sin dejar que Alín se recuperara, lo tomó de la cintura y apoyó su miembro en el culo del príncipe—. Espero que estés listo, pequeño porque esto te va a doler, y mucho.
Mientras el miembro venudo hacia presión en el trasero de Alín, el príncipe sintió uno de los más desgarradores dolores de toda su vida, y el glande del trol aun no había entrado por completo.
…
Hasta aquí dejaremos este capítulo, que salió bastante largo, pero valió la pena, ¿a poco no?
No olviden dejarme en comentarios que les ha parecido hasta ahora la novela y si quieren más trabajos similares >w<
Alegremente: Yuki