El Príncipe de la Caperuza Roja- Capítulo 03
Added 2022-02-15 15:20:40 +0000 UTCCapítulo 03: Tardío
A pesar de que el eclipse estelar pondría a toda Zandina en peligro, la reina Junipa decidió llevar la situación con la mayor discreción posible. Ella pensaba que si las hadas de nube veían un exceso de precauciones y seguridad, podían caer en el pánico colectivo. Además, le tenía fe ciega a Láximus, su consejero y mano derecha.
Mientras todos los habitantes de Zandina se refugiaban bajo llave, en espera de que el eclipse terminara, la reina y sus dos nietos se encontraban en la terraza de la habitación de ella, a la expectativa de las indicaciones de Láximus.
—Usted se sentirá muy débil cuando use el collar, por favor mi reina, no se asuste, es algo normal. Su propia energía será canalizada para mantener las flores de cristal resplandeciendo. Mientras el eclipse no termine, no deberá romper el vínculo que se creará entre usted y el collar, o este dejará de funcionar permanentemente. —Láximus se giró hacia los adolecentes para continuar su explicación—. Ustedes deben quedarse muy quietos y ser obedientes, cuando el eclipse termine y yo le quite el collar a su abuela, ella se pondrá la corona y todo regresará a la normalidad, ¿está claro?
Alín hizo un mohín con la boca, mientras ajustaba su caperuza roja.
—¿Por qué dijiste “le quite”? —preguntó Nezton al urka.
—Su abuela estará paralizada una vez que el collar esté funcionando, para que ella pueda moverse de nuevo, debo yo quitarle el collar con un hechizo especial.
A pesar de estar atento a lo que se decía, Alín no participaba mucho en la conversación, un sexto sentido le decía que algo no estaba bien, y no era el hecho de que minutos antes se encontraba sin pantalones en la mesa de Láximus, tampoco era el hecho de que con ellos no había guardias o alguien que defendiera a la reina si algo salía mal; ni siquiera era el hecho de que su abuela quedaría paralizada, incapaz de tomar decisiones aunque fuera necesario. Lo que estaba mal en aquella terraza, y que Alín sabía a la perfección desde hace mucho tiempo ya, era que estaban poniendo un pueblo entero de hadas de nube en las manos de uno de sus depredadores naturales, estaban poniendo a Zandina completa en las garras de un urka, en las garras de Láximus.
Alín no pudo continuar con sus juicios mentales, pues de pronto, la intensidad de la luz de las estrellas comenzó a menguar, y con ella la blanca y azulada luz de las flores de cristal.
—Las estrellas se están apagando, debemos comenzar —anunció Láximus, acercándose hasta el trono donde yacía Junipa con cara de solemnidad—. Mi reina, deme la corona de cristal —dijo extendiendo sus manos.
La aprensión que sentía Alín creció en ese momento, y sintiendo que se deshacía en un manojo de desesperación y nervios, casi corrió hasta interponerse groseramente entre la reina y su consejero.
—Abuela, yo la resguardaré —musitó.
Junipa sonrió mientras asentía, quitándose la corona de cristal y poniéndola en las manos de su nieto, quien se sintió relajado al sentir el cálido cristal entre sus dedos. Ninguno de los dos percibió la amenaza que se consolidaba en la mirada de Láximus.
—Debemos darnos prisa—dijo el urka extendiendo el collar.
Las manos de uñas negras colocaron la prenda alrededor de Junipa, y el brillo verde del collar se extendió hasta cubrir a la reina en su totalidad, justo en ese momento, todo se volvió negro.
Alín sintió que todo estaba perdido y sus manos se aferraron a la corona, en expectativa de lo que pudiera pasar, para su fortuna, la habitación comenzó a iluminarse nuevamente, pero esta vez, la luz no era de ese cálido blanco azulado de las flores y el árbol de cristal, sino de un verde maquiavélico que se desprendía de la misma reina.
—¡Las flores! —exclamó Nezton, señalando la enredadera que se cernía sobre el barandal de la terraza.
Alín fue hasta donde su primo, y pudo comprobar que las palabras de Láximus eran ciertas, las flores del árbol de cristal, que crecían en toda Zandina, resplandecían de un verde lima.
—No es muy fuerte, pero mantendrá a los míos alejados —dijo Láximus a espalda de los príncipes.
—No me gusta como dices “los míos” cada vez que hablas de los Urkas —exclamó Nezton.
—Disculpe usted, príncipe, pero no entiendo por qué. Después de todo, soy un urka, y esos seres que desprecian y que quieren mantener lejos de esta isla son mi gente.
Nezton dio un paso hacia el frente, desafiante, Alín por su parte, dio uno hacia atrás. La voz de Láximus no era plácida y agradable como siempre, había notas de rencor en ella ahora.
—¿Qué intentas decir, Láximus?
—No intento, lo digo: Cuando su abuela me perdonó la vida tras atacarla, me humilló convirtiéndome en su sirviente… ¡A mí! ¿Saben lo humillante que es para un urka obedecer a la criatura que se supone se debe comer? He soportado quince largos años bajo el yugo de su abuela, a la espera de este eclipse, ¡Y ya es hora de que vengue a mis hermanos caídos y que ustedes reciban lo que es justo! —La voz de Láximus fue subiendo de intensidad hasta terminar en un grito.
—¿Es una trampa? —preguntó Alín sin mucha convicción—, después de que mi abuela te perdonó la vida y te dio trabajo en el palacio, ¿se lo pagas con una trampa y mentiras?
Láximus sonrió mientras movía su índice, indicando el error de Alín.
—Mi querido y depravado príncipe, jamás he mentido en mi vida, las cosas están resultando tal y como yo lo dije, ¿no? —La mano se extendió hasta señalar a la abuela de ambos, con los ojos cristalizados perdidos en la nada y ese horroroso verde lima alrededor de ella—. La energía de su querida abuela está siendo canalizada a través del collar, y no se detendrá hasta que una de dos cosas ocurran: que le quitemos el collar o que ella muera.
—¿¡Muera!? —gritaron al unisonó los primos sin creer lo que oían.
—Eso no tiene que pasar, denme la corona y yo personalmente le quitaré el collar a la anciana, permitiéndole vivir un poco más, de esa forma pagaré la deuda que tengo con ella.
—Y después… ¿le darás la corona? —preguntó Alín, aferrándose a la prenda que tenía en las manos.
—Esa corona no volverá a ser usada por ningún miembro de tu familia, príncipe. Ustedes no volverán a hacer brillar a ese maldito árbol y sus flores después de esta noche, y yo y los míos nos daremos el festín que por lustros hemos esperado.
Mientras el urka hablaba, Nezton caminaba lentamente hasta la mesa que estaba en medio de la terraza, y cuando sintió que la distancia era suficientemente corta, se abalanzó sobre esta y tomando la campana de cristal, la hizo repiquetear con desesperación.
—¡¿Qué demonios haces, mocoso malcriado?! —le gritó Láximus, tomándolo del cuello de la camisa y arrojándolo con fuerza.
Nezton cayó con violencia en el suelo, donde rodó un par de metros, aun así, el chico sonreía.
—Ya es tarde, la servidumbre viene para acá, en poco tiempo todas las hadas de nube estarán enteradas de tu traición y de tus planes.
—¡Excelente! Así podrán prepararse y ponerse un poco de sal. Ahora, Alín, dame la corona. —El Urka dio un paso hacia el príncipe, cuando tocaron a la puerta.
—Reina, ¿necesita algo? —preguntó una voz temblorosa del otro lado.
—¡Trae a los guardias! —gritó Nezton— ¡Láximus nos ha traicionado! —Estas palabras provocaron la furia de Láximus, quien caminó hasta él, solo para propinarle una fuerte patada en el estomago que lo dejó sin aire y casi inconsciente.
—¡Ya me harté de los dos! ¡Tú, dame la corona! —exigió hacia Alín, quien seguía retrocediendo asustado, cuando su espalda topó con el barandal.
Instintivamente, el príncipe escondió la corona en su espalda. Suspirando y sonriendo con condescendencia, Láximus detuvo su andar.
—Te voy a ser sincero: no pienso acabar con tu pueblo, hacerlo sería muy tonto de mi parte; pienso usar esa corona, seguiré alimentando al árbol de cristal y manteniendo a los urkas parcialmente alejados.
—¿Parcialmente?
—Mi gente necesita comer, y esta isla flotante esta sobrepoblada, así que pienso dar unas cuantas hadas a los urkas para que se alimenten de vez en cuando, ¿entiendes? Las cosas no son tan malas.
—¿P-piensas volver a Zandina una granja de carne? —soltó Alín horrorizado
—Es una forma cruda de llamarlo, pero sí. Pero para hacer eso, debes darme la corona ahora, de lo contrario, ¡dejaré que el árbol se apague definitivamente y que todas esas mugrosas hadas queden a disposición de cientos de urkas hambrientos! —La voz de Láximus se volvía gutural con cada palabra, su cara se arrugaba dejándolo ver más animal y menos persona, Alín entendió que no tenía muchas opciones.
Los ojos del príncipe miraron a su alrededor, mientras sus manos se aferraban a la corona y Láximus comenzaba a caminar hacia él de nuevo. Los guardias comenzaron a golpear la puerta exigiendo saber si la reina estaba bien. El aire helado se colaba en su caperuza, provocándole escalofríos, mientras las flores daban un aire de ultratumba y desolador con se brillo verde lima. A la distancia, su primo Nezton se arrastraba hacia la puerta, para dejar entrar a los guardias, y un poco más alejada, su abuela resplandecía con ese collar que le estaba drenando la energía, ese maldito collar que él había ayudado a crear.
—Ya están aquí los guardias —dijo, intentando amedrentar a Láximus, pero este le sonrió mostrando sus amenazadores colmillos.
—Tuve más de diez años para planear esto, ¿crees que no conté con su insignificante guardia? Conté con todos los escenarios posibles, y en todos gano yo. Conté también con tu cobardía como príncipe, y que me entregarías la corona, con tal de no morir destrozado… ¡en mis garras! —Con esta última frase, Láximus se abalanzó hacia el príncipe en el instante en que los guardias entraban.
De pronto, Alín sintió que el tiempo disminuía su velocidad, en fracciones de segundo, pudo ver y analizar las posibilidades a su alrededor. «Contó con todos los escenarios», pensó Alín en un segundo, «contó con mi cobardía predecible… entonces debo… debo no ser predecible… ¡debo improvisar!». Cerrando fuertemente los ojos, el príncipe se dejó caer hacia atrás, escapando por milímetros de las garras del urka y perdiéndose en el abismo detrás de la baranda.
—¡Vuelve aquí con mi corona! —alcanzó escuchar de Láximus, había sorpresa y amargura en su voz, seguramente no contó con eso. Pero su voz se perdió con el fuerte viento.
Y tan rápido como aquella bizarra locura había comenzado, con un golpe seco que le provocó un indescriptible dolor por decimas de segundos, todo terminó.
…
En este capítulo hubo mucha tensión, lástima que no sexual, XD Les prometo que en el siguiente me desquito.
Por favor, déjenme en los comentarios que les gusta y que no, para ayudarme a mejorar, >w<
Trabajadoramente: Yuki