El Príncipe de la Caperuza Roja 02
Added 2021-12-21 14:55:46 +0000 UTCEclipse estelar.
Alín y su abuela llegaron a una terraza alta, donde tomaron asiento en las sillas de cristal que rodeaban una pequeña mesa del mismo material. La reina tomó la campanilla que estaba en medio de la mesa y la hizo sonar con elegancia.
—¿Cómo te la pasaste en estos días que estuve lejos? —preguntó la anciana, dejando la campana en su lugar.
—Aburrido, no tengo amigos y no había nada que hacer, solo estudiar.
—Según vi, no es muy de tu gusto estudiar, ¿verdad? —Alín rio con picardía. Sus facciones se infantilizaban mucho con la inocencia que reflejaba, y por veces, Junipa olvidaba que su nieto era casi un hombre ya—. Dices que no tienes amigos… ¿qué es Nezton para ti, Alín?
—¿Nezton dices? Es mi primo, nada más, pero a él no le interesa mucho convivir conmigo, prefiere ocuparse… en “otras” cosas.
—¿Otras cosas? ¿Qué cosas…?
Alín no contestó, pues una joven empleada del castillo llegó hasta ellos.
—¿Me llamaba, su majestad?
—Rukia, tráenos té de rosas, por favor, y un plato con galletas.
—Enseguida, mi reina, con permiso.
Una vez que la sirvienta se retiró, Junipa volvió a hablar.
—¿En qué estábamos?
—M-me estás diciendo que me querías mucho y que me extrañaste —respondió Alín, sonrojándose un poco y colocándose la caperuza de su capa.
La reina lo vio con suspicacia, pero aceptó aquella treta para cambiar el tema.
—Mi niño, claro que te adoro, pero no está bien que no quieras estudiar. Todo ese conocimiento que hoy rechazas, te servirá en un futuro, cuando portes esta corona.
—Sí, bueno…
—¿Hay algún problema?
—Abuela, ¿por qué debo yo portar la corona? N-no estoy renegando de ella, claro… pero, ¿no sería más lógico o apropiado que Nezton la herede? Él es mayor que yo.
—Mi niño, la edad no tiene nada que ver en este caso.
—Pero, yo creí… —Nuevamente, Alín tuvo que interrumpir sus palabras, ante la presencia de la muchacha, que llevaba una bandeja plateada con el pedido de la reina, además de dos tazas de porcelana blanca, cubiertos, una azucarera y un pequeño tarro de leche.
En silencio, abuela y nieto esperaron a que todo estuviera dispuesto y que, tras una reverencia de respeto, Rukia se retirara.
Alín preparó su té con azúcar y leche, después tomó un par de galletas de miel y se las echó a la boca, mientras la reina Junipa sonreía, contemplándolo.
—El heredero original de mi trono debía ser tu padre, él era mi primogénito —explicó la reina a su nieto—. Y él te hubiera heredado la corona a ti, quien fuiste su único hijo. Aunque Nezton haya nacido antes que tú, no tenía cabida en la línea de herencia, su padre, mi otro hijo, era menor.
—Pues intenta hacerle entender, que cada vez que me ve, me lo reclama —rezongó Alín con la boca llena de galletas.
—¿Sabes, mi niño?, ese no es el único motivo por el que tú serás el heredero de la corona de Zandina. —La reina se puso de pie y caminó hasta la barandilla que limitaba la terraza.
Tras apurar el bocado y darle un sorbo a su té, Alín alcanzó a su abuela, quien miraba en la lejanía.
—Más allá de este jardín y del muro del palacio, existe un reino lleno de gente buena, que confía en nosotros, para mantenerlos a salvo. —Alín se recargó en la reja, quedando a escasos centímetros de una flor de cristal que crecía en la enredadera que envolvía el muro vecino. El resplandor de la flor destellaba ante los ojos azules del chico—. Y eso se logra con las flores del árbol de cristal, que se alimentan con la energía canalizada por la corona —dijo a modo de rito.
»No solo se necesita la energía del pueblo, la voluntad y la entereza de su portador es igual de importante. Si Nezton usara esta corona, y su vida peligrara, ¿crees que la arriesgaría por su pueblo?
Alín acarició el pétalo de cristal de la flor, mientras pensaba.
—La verdad, no lo creo, no parece el tipo de chico que daría más de lo que recibe.
—¿Y tú, mi niño? ¿Darías más de lo que recibes?
Alín sintió un nudo en la garganta, incluso los ojos le ardieron un poco, agradecía que en esa posición y gracias a su caperuza, su abuela no podía vérselos. No importaba lo que él sintiera o pensara, solo había una respuesta válida a la pregunta de su adorada abuela:
—Yo sí, abuela, daría mi vida por Zandina.
—Lo sé, mi niño, sé que sí.
Alín esperaba nunca tener que averiguar si de verdad daría su vida por su isla flotante, y confiaba en que la protección que brindaba el árbol de cristal y sus flores jamás se extinguiera. Pero, ¿podría llegar a pasar eso?
—Abuela, ¿el árbol de cristal alguna vez ha fallado en su tarea de protegernos? —Como si esta pregunta hubiera activado un mecanismo, el cielo comenzó a nublarse rápidamente.
Alín, quien no estaba acostumbrado a que el día perdiera su claridad antes de la noche, se sobresaltó notoriamente, pero la mano de Junipa en su espalda lo calmó.
—No te preocupes, es normal.
—Abuela, vivimos en una isla por encima de las nubes, no es normal que se oscurezca. —Alín levantó la vista, mirando el cielo amurallado y gris que acongojaba su corazón en ese momento.
—Recuerda que va a haber un eclipse estelar hoy, durará apenas quince minutos.
—¡El eclipse! Desde que te fuiste nadie lo menciona, ya hasta lo había olvidado.
—No hay mucho de qué preocuparse, pero tampoco es para no tenerlo en cuenta, mi niño. Recuerda que hoy, cuando las estrellas de la noche se apaguen, el árbol dejará de brillar, son solo quince minutos, pero estaremos a merced de los Urkas. —Alín tembló ante las palabras serenas, pero serias de su abuela—. Afortunadamente, Láximus ya tiene un buen plan previsto.
—A-abuela, sé que Láximus goza de toda tu confianza, pero dejar la seguridad completa de Zandina en manos de un Urka, es como si metiéramos a un conejo en la boca de un lobo.
—Este lobo, como le dices, ha estado a mi lado más de veinte años, y jamás ha demostrado intenciones de aprovecharse de mi confianza. No te niego que en un principio me resistí, pero Láximus jamás ha dado motivos para sospechar de él.
Con un sentimiento de desasosiego creciendo en su interior, Alín forzó su sonrisa. No quería demostrarlo, pero sentía que la maldad era parte de la naturaleza de los Urkas, y pensar que la única excepción a la regla se encontraba en el palacio, era demasiada suerte para un huérfano que vive con su abuela.
Caminando un poco junto a la baranda del amplio balcón, Alín puso sus ojos en el cielo nublado que se extendía más allá del límite de la isla Zandina.
—¿Qué ves, mi niño?
—Nada. Me refiero a que, literalmente, no hay nada.
—Después de Zandina, no hay nada en el aire, lo que hay más allá de este palacio, se encuentra abajo —señaló la abuela, donde copas de los arboles se divisaban a varios metros de ellos.
—El bosque de Zarvalle.
—Un lugar terrible para un hada de nube como nosotros. Ahí los Urkas gobiernan el día a día.
«Y nosotros estamos por poner nuestras vidas en las manos de uno de ellos»,pensó Alín.
—Abuela, imagino que vienes cansada de tu viaje, me retiraré para que puedas descansar.
—Esta vez, acepto que te vayas y dejes nuestro té a medias, mi niño, debo descansar para el eclipse de esta noche. —Junipa dio un último beso en la mejilla a su nieto, para después susurrarle—. Mi cariño por ti llega hasta donde mora la última estrella…
—… y un poco más allá—completó Alín, abrazando con fuerza a su abuela.
Tras despedirse una última vez, Alín ajustó su caperuza y salió de la habitación de Junipa, a pesar de los nervios, sabía a dónde debía ir.
El joven príncipe subió unas escaleras de caracol, hasta encontrarse en la segunda planta del castillo, gracias al cielo nublado, el lugar se encontraba más oscuro de lo habitual, parecía que el clima intentaba reflejar su sentir.
Los pasos resonantes del príncipe se detuvieron ante una pesada puerta oscura. Sus nudillos provocaron eco al estrellarse contra la madera. Alín esperó unos segundos, al no obtener respuesta, decidió abrir.
La habitación redonda y alumbrada con velas le provocó zozobra a Alín, las paredes estaban cubiertas de estantes con libros viejos, botellas de contenidos extraños e instrumentos que despertaban la intriga y la curiosidad, el aire se percibía húmedo y longevo, y en el fondo de todo: un escritorio pesado y atiborrado de materiales diversos, con un ceñudo Láximus sentado frente a él.
El urka no pareció percatarse de la presencia de Alín, quien se acercaba con cautela. Láximus murmuraba un cantico en voz muy baja, mientras que su vista estaba clavada en un collar sobre la mesa, en el cual derramaba poco a poco un líquido amarillo que se iba absorbiendo, como si la piedra verde fuera en realidad una esponja sin límites.
—¿Qué es eso, Láximus?
El urka no interrumpió su rezo, pero sus ojos se posaron con ira en el impertinente príncipe. Sin percatarse de la mirada del consejero de su abuela, Alín se recargó en la mesa, viendo como el cristal absorbía el líquido sin dejar escapar ni una gota.
Cuando hubo terminado su extraña tarea, Láximus suspiró.
—¿Qué hace aquí, príncipe? Este es mi despacho privado, ni siquiera su abuela entra en este lugar.
—No entra porque no quiere, como reina de Zandina, mi abuela puede entrar a cualquier parte del palacio, con tu permiso o sin él. —Láximus entornó los ojos, claramente molesto, pero no dijo nada—. Discúlpame, estoy nervioso por el eclipse estelar. Venía para saber cuál es tu plan para sobrevivir los minutos que dure.
Láximus relajó su semblante, extendiendo una sonrisa que pretendía darle confianza al príncipe, pero que solo logró exponer sus largos colmillos que amedrentaron a Alín.
—¡Que colmillos tan largos! —dijo el príncipe, retrocediendo un poco.
—Lamento si lo incomodé —se excusó el urka con su voz profunda y grave—. A pesar de que los Urkas podemos manipular nuestra forma física, y que con facilidad podría desaparecer mis colmillos, siento que he llegado a tal punto de confianza con usted y su familia como para poder mostrarme como soy, sin miedo a los prejuicios.
—Y tienes nuestra confianza, pero no dejas de ser un poco… intimidante.
—Lo entiendo. Por favor, acérquese. —Láximus extendió su mano señalando el collar sobre la mesa—. Tengo años trabajando en este collar, pues ya antiguos manuscritos astrales habían previsto el eclipse de esta noche, y aunque apenas hoy lo estoy terminando, estoy seguro de que estará listo justo a tiempo.
—¿Qué hace este collar? —preguntó el príncipe, con la mano extendida para tomar la alhaja, pero la mano, casi garra, de Láximus se ciñó con fuerza sobre su muñeca, impidiéndolo.
—Por favor, príncipe, no lo toque, aun no está listo y podría contaminarlo. —Suspirando y sin soltar la muñeca de Alín, Láximus siguió hablando—. Este collar tiene la misma función que la corona de Zandina. Va a canalizar la energía de su abuela durante el eclipse, y mantendrá las flores de cristal resplandeciendo, manteniendo a mi gente lejos de la isla.
—Láximus… m-me lastimas… —El urka soltó la mano del príncipe, quien se sobó la parte afectada—. ¿O sea que mi abuelita deberá usar ese collar durante el eclipse?
—Así es.
—Sí tu collar funciona y canaliza energía para las flores, podría quedar como un resguardo, por si la corona llegara a fallar.
—Me temo que no es así. Este collar solo funcionará una vez, después de eso, tendría que hacerse otro, y ya ve que son años los que requiere su fabricación. Además, por si fuera poco, este aun no está listo.
—¿Qué le falta?
—Justamente, necesito su ayuda, si usted no hubiera venido aquí por su cuenta, yo estaría yendo en este momento a llamarle.
—¿Qué necesitas de mi?
—Ya que usted es el siguiente en la línea que usará la corona de la reina, necesito su esencia, para poder verterla en este collar.
—¿Mi… esencia? ¿Qué clase de esencia?
Láximus tomó un cuchillo plateado de la mesa y se dirigió amenazadoramente hacia el príncipe.
—¡Sangre, príncipe! ¡Necesito su sangre!
Alín intentó dirigirse a la salida, pero la mano de Láximus lo detuvo por la muñeca por segunda vez.
—¡Suéltame!
—¡Príncipe, no grite, solo necesito un par de gotas! ¡Será solo un piquete en su dedo!
—¡Aleja ese cuchillo! ¡No dejaré que me toques con él!
—Príncipe Alín, necesito su sangre para que este collar funcione, solo lo hará si la pieza está consciente que contiene la sangre del heredero de su abuela.
—¡¿Y no podrías ponerle otra cosa que no sea mi sangre?!
—Bueno… —Los ojos dorados del urka se entrecerraron con picardía, la esencia de una persona no solo se encuentra en la sangre.
—¿D-dónde más?
—Hay otro fluido corporal que la contiene, y sería más sencillo tomarla de ahí. —Láximus dio un tirón al brazo de Alín que lo pegó a él. Dejando el cuchillo en la mesa, la mano del hombre se afianzó con discreción alrededor de la delgada cintura.
—¿Sudor?
—No.
—¿L-lágrimas?
—No. —La sonrisa siniestra de Láximus se hizo visible una vez más—… Semen, príncipe, me refiero al semen, es un líquido vital para la vida, tan importante como la sangre.
—¿Quieres m-mi semen… sobre ese collar… ¡Qué usará mi abuela!?
—No lo quiero, lo necesito, príncipe, por el bien de Zandina. —Alín se sentía tan rojo como su caperuza, sin soltarse de Láximus, desvió la mirada abochornado—. Vamos, su majestad, no hay tiempo que perder. La elección es suya: su semen o su sangre.
—Es qué yo nunca me he… m-mast…
—Oh, príncipe, si es el caso, permítame asistirlo. —Con el mayor de los respetos, la áspera mano del urka no tardó en posarse en la entrepierna de Alín, comenzando a sobajarla por encima de la tela.
—E-esto es vergonzoso…
—Dígame, su majestad, ¿quiere que me detenga?
Alín apretó los ojos con fuerzas, sin embargo no hizo nada por moverse o detener al Urka, entendiendo que, a pesar de sus quejas, el príncipe ya no se opondría, Láximus lo tomó con ambas manos de la cintura y lo sentó sobre el escritorio, el chico no atinaba a hacer nada, solo miraba anonadado cómo Láximus se arrodillaba para desabotonar su pantalón.
—Esto no tiene porque ser incómodo, al contrario, podría ser una buena oportunidad para que nos conozcamos mejor.
De un tirón, los pantalones e interiores de Alín bajaron hasta sus tobillos, el príncipe se estremeció ante el contacto frio de la mesa en su trasero. Su pene flácido reposaba sobre dos pequeños testículos. Láximus sonrió ante la visión: el príncipe inexperto y vulnerable, se veía más inexperto y más vulnerable.
La enorme boca llena de colmillos se abrió amenazadoramente y de un bocado, albergó el miembro de Alín con todo y testículos. El príncipe se llevó ambas manos a la boca, pues gemidos inexplicables pugnaban por salir de esta. La humedad de la boca caliente de Láximus era algo desconocido para el chico, que se sentía desfallecer por las atenciones recibidas.
Las manos de Láximus cogieron con fuerza las muñecas de Alín, bajándolas y manteniéndolas sobre la mesa, descubriendo la cara roja de vergüenza y excitación del príncipe. Mientras que este se retorcía, sintiendo como su miembro crecía en la boca del hombre, al punto de hacerse un poco de daño con los colmillos.
—Colmillos… grandes… —logró articular con los ojos cerrados.
Láximus sacó el pene de Alín de su boca, y con una enorme sonrisa, dijo:
—Lo siento, mi príncipe, permítame hacer esto más cómodo para usted. —En un instante, Alín pudo comprobar la habilidad cambia formas de los Urkas, pues las facciones de Láximus se movieron y encogieron, logrando que en menos de tres segundos, fuera Nezton, el primo del príncipe, el que lo tomaba de las muñecas y le sonreía pervertido—. ¿Así está mejor? —preguntó Láximus, su voz también se parecía mucho a la de Nezton, pero sin llegar a ser igual, de cualquier forma, Alín sonrió, indicándole una respuesta positiva, pues sin proponérselo, ahora podría cumplir su reciente fantasía de estar con su primo.
Láximus siguió con su tarea, sonsacando gemidos al príncipe que reverberaban con eco en aquel despacho. Su lengua poseía una maestría sospechosamente buena, la lengua dentro de la boca de “Nezton” masajeaba el joven falo con energía, para después describir círculos sobre el glande, obsequiándole a Alín sensaciones desfallecientes y morbosas.
Cuando el urka sintió que el príncipe iba a venirse, separó su boca del pene, pero continuó estimulándolo con la mano. Alín no lograba callar sus gemidos, a pesar de tapar la boca con sus manos, la cara pervertida de su primo, mientras lo masturbaba, era por demás excitante, así que no tardó mucho en correrse en las manos de Láximus. El cuerpo delgado del príncipe se tensó, mientras que su pene lanzaba tres grandes chorros al ritmo de las palpitaciones de su miembro. Tras unos segundos más, el joven Alín sintió como su cuerpo entero se relajaba, desplomándose en la mesa, esperando que su respiración se regularizara.
Láximus se puso de pie al tiempo que volvía a su verdadera forma.
—Con esto será más que suficiente, príncipe. Muchas gracias por su colaboración.
Abochornado, pero sonriendo, Alín exclamó con voz suave:
—Cuando gustes…
…
Y así concluye el segundo capítulo de nuestro príncipe, tan caliente como inexperto.
Por favor, ayúdenme dejando en los comentarios que les gusta, que no les agrada, sí quieres sesiones más explicitas o leer de algo en específico, de esa forma, afianzamos un bonito vinculo y todos nos beneficiamos >w<
Consternadamente: Yuki