El Príncipe de la Caperuza Roja 01
Added 2021-11-21 00:35:41 +0000 UTCYo soy Alín.
El eco de sus zapatos retumbaba en aquellos pasillos altos y elegantes, Alín estaba tan acostumbrado a ese sonido que ya no lo percibía, sin saber que era fácil localizarle gracias a él.
Por si eso no fuera suficiente, su capa roja hondeaba a la menor provocación, debido a lo ligera que era, sorprendentemente, también era muy cálida, y es que no era una capa común, era un objeto forjado para batallas, pues sus hilos encantados presentaban una enorme resistencia a la magia oscura. Cuando su padre se la regaló, Alín esperaba no tener que comprobar dicha resistencia nunca.
El joven se detuvo en una esquina, para tomar un poco de aire, había corrido desde los salones de estudio hasta el área de recámaras, y confiaba en que su obesa profesora no lo hubiera seguido hasta esa parte del castillo, destinada solo para la familia real.
—¡Príncipe Alín, no crea que porque su abuela salió a una encomienda, usted podrá escapar de sus clases sin ninguna consecuencia!
Alín maldijo por lo bajo, buscando con la mirada un lugar en el cual esconderse, en ese pasillo había solo dos puertas, y una de ellas estaba con llave desde hace dos años, Alín lo sabía perfectamente, así que optó por la segunda, la cual, para su suerte, estaba sin seguro.
Alín se quedó junto a la puerta conteniendo la respiración, escuchando los llamados ahogados de su profesora, que se fueron alejando poco a poco. Ya estaba a salvo.
El joven príncipe suspiró aliviado, cuando se percató de que leves jadeos llenaban aquella habitación. El pequeño rubio bajó la caperuza de su capa, y se acercó con sigilo a la cama de su primo, quien era el dueño de aquella habitación.
Con los ojos cerrados y la boca entreabierta, Nezton se encontraba completamente desnudo, masturbándose con ahínco con una de sus manos, mientras que la otra acariciaba su pezón.
Alín no dijo nada, se quedó embobado viendo la lasciva actividad de su primo, mientras que pequeñas perlas de sudor comenzaban a resbalar por su piel lechosa.
El chico se acercó más, percibiendo el aroma a sudor y lujuria que su primo desprendía. El pene de Nezton no era muy grande, pero si era el más grande que había visto Alín hasta ese momento, incluso más que el suyo propio.
—Bueno, aun me falta desarrollarme un poco —murmuró el chico; palabras que llegaron hasta Nezton quien abrió los ojos con sorpresa, alarmado por la presencia de su primo.
—¡¿Qué diablos haces aquí?! —gritó Nezton, halando la sabana para cubrirse.
—¿Ya para que te tapas, si ya vi todo? —rio Alín, sentándose en la cama.
—¡¿Por qué entras a mi habitación sin mi permiso, depravado?!
—No entré con la intención de verte —se justificó Alín—, estaba huyendo de la tutora y de sus aburridas clases, no es mi culpa que tu habitación estuviera sin llave.
—¡Eres un tonto! ¿Y se supone que eres el heredero al trono de Zandina?
Alín no respondió, su boca formó una sonrisa picara al ver la pequeña mancha de humedad que empezaba a dejar el miembro de su primo en la sabana.
—¿Se siente bien? —preguntó el joven de cabello azul.
—¿Qué?
—¿Lo que hacías?
—¡Qué te importa! ¡Y ya salte de mi cuarto para que me pueda vestir!
—Vamos, contéstame —pidió Alín.
Tras desviar los ojos rosas con algo de vergüenza, el primo de Alín respondió:
—Obviamente sí. Si no, no lo haría. No me creo que nunca lo hayas hecho.
—No, nunca. Es que no sé en qué se piensa cuando se hace eso.
—Pues en lo que te gusta.
—Tú, ¿en qué piensas?
Nezton sonrió con cierta perversidad boba.
—En Rukia, la mucama que limpia mi cuarto, ¿la has visto?
—Sí, no es mi estilo.
—Claro que no, si se ve a kilómetros que no te gustan las mujeres, pero también puedes pensar en un hombre.
Por la mente de Alín desfilaron las imágenes de los hombres que conocía, sus profesores, los miembros del consejo de su abuela e incluso pensó en Láximus, el consejero y mano derecha de su abuela.
—La verdad es que ninguno me parece interesante… ¿Y si pienso en ti?
El color subió al rostro de Nezton quien chasqueó la lengua con molestia.
—¡Piensa en lo que se te dé la gana, pero no me molestes! ¡Y ya lárgate de mi cuarto!
—¿Vas a continuar lo que hacías? —preguntó Alín, poniéndose de pie.
—Claro que sí, ¿no sabes que un hombre se puede enfermar si deja eso a medias?
—N-no lo sabía… ¿Y si me dejas ver?
—No me gustan los chicos —respondió Nezton, no muy seguro de sus palabras.
—No dije que pienses en mi, solo que me dejes ver como lo haces, ya sabes, para luego intentarlo yo.
Nezton se lo pensó unos segundos. La verdad, su primo era muy bonito y era fácil que pudiera pasar por mujer, su piel blanca, su cabello claro y sus enormes ojos azules armonizaban con su cuerpo delgado y estético.
—B-bueno, te dejaré que veas, pero a cambio, me tienes que ayudar.
Alín no esperaba esa respuesta de su primo, por lo que sus mejillas se tiñeron de un suave rosa.
—¿Cómo esperas que ayude?
En lugar de responder, Nezton descubrió su larguirucho cuerpo y acostándose de nuevo, dejó que su pene apuntara al techo con toda su rigidez.
—Usa tu mano, para hacer lo que yo hacía.
Nervioso, pero dispuesto a ayudar, Alín llevó su mano al pene de su primo, sintiendo como este palpitaba al contacto. Ante un suspiro de aprobación, la pequeña mano comenzó a bajar y a subir, descubriendo el glande babeante de Nezton.
Mientras se dedicaba a aquella tarea, los ojos de Alín recorrían a su primo con avidez, siendo Nezton el primer hombre desnudo que veía, y se sorprendió al darse cuenta de lo mucho que se parecía a él mismo.
Ambos eran de piel muy blanca; cabello azul, delgados y casi carentes de vello a excepción de un poco que Nezton tenía en el pubis. Eso sí, Nezton era mucho más alto que Alín, pero era comprensible, ya que le llevaba casi tres años, y su pene también parecía ser mucho más grande.
Alín descubrió que su propio miembro comenzaba a dolerle, punzando contra la tela de su pantalón, por lo que aprovechó su mano libre para acariciarse.
—M-más rápido… —pidió Nezton con los ojos apretados, mientras que sus manos se aferraban a la sabana. Alín obedeció aquella orden, mirando con lujuria recién descubierta como el cuerpo de su primo se tensaba, los testículos de Nezton que antes colgaban perezosos, se habían contraído al mismo tiempo que su miembro se hinchaba más. Cuando Alín sintió que la mano se le había acalambrado y debía detenerse, el pene de su primo soltó con fuerza un par de borbotones de semen que aterrizaron uno en la cara de Alín y otro más en el pecho de Nezton.
—¡Me cayó encima! —se quejó el chico, soltando el miembro de su primo y provocando que parte del semen que escurría por sus labios entrara en su boca, probándolo así, por primera vez—… Sabe raro, como dulce.
Nezton rio ante esta declaración, mientras tomaba del buró una toalla de tela que usó para limpiar su pecho y su pene, ahora flácido.
—Nunca lo he probado, así que no sé, lo que sí te puedo decir es que sabe diferente de una raza a otra.
—Enserio, ¿cómo lo sabes? —preguntó Alín, tomando la toalla que su primo le extendía, para limpiar su cara.
—Me lo dijeron por ahí, el de nosotros es más suave, pero el de los Urkas es más amargo.
Alín evocó el recuerdo de Láximus, el único Urka que conocía. La verdad, el hombre era bastante atractivo, y como su abuela decía, era el único Urka bueno en todo el mundo.
—Ya lárgate, me voy a meter a bañar.
—¡No me hables así! —se irguió Alín, en pose de caballero— ¡Estás hablando con el heredero de la corona de Zandina!
—Solo eres el heredero porque tu papá era más grande que el mío, pero lo justo es que yo sea el rey, siendo más grande que tú.
—Pues si no estás conforme con que yo sea el rey, puedes decírselo a la abuela, a ver que te dice —se burló Alín, poniéndose la caperuza roja de su capa para dirigirse a la puerta, con su primo completamente desnudo siguiéndolo.
—Sí, claro, como si no supiera que eres el consentido de la abuela. Pero ya llegará mi revancha, va a ser muy divertido cuando mis amigos sepan que el futuro rey de Zandina me acaba de masturbar y se bebió mi semen. —Antes de que Alín respondiera, Nezton le dio un empujón fuera de la recámara y cerro con fuerza.
Alín se quedó de pie ante la puerta, donde escuchó que esta vez Nezton si ponía el seguro.
«Pues no estuvo tan mal», pensó, recordando el sabor extraño, pero agradable.
El príncipe de Zandina caminó tranquilo hacia su propia recámara, pensando que era una buena oportunidad para comenzar a masturbarse, ya que aun tenía fresco el recuerdo de su primo, cuando una regordeta mano se posó en su hombro con fuerza.
—¡Hasta que lo encuentro! —exclamó la mujer—. Volvamos al salón, por favor. —Sin soltar al príncipe, y a pesar de sus protestas, la profesora guió al chico—. No puede escaparse de sus responsabilidades y clases, príncipe. Recuerde que algún día usted reinará Zandina, lo necesitamos sabio y despierto.
—Despierto estoy, sabio no tanto, además, tu clase es muy aburrida —renegó el chico, como si fuera niño pequeño.
—Le estaba explicando la historia de nuestra hermosa Zandina, ¿cómo puede decir que era aburrido?
—¡Porque ya sé todo de Zandina! ¡Aquí vivo!
—Príncipe…
—Es una isla que flota, protegiéndonos de los depredadores de abajo y…
—¡Príncipe!
—¿Qué?
—¡Bien, si tanto sabe, dígame que es el árbol de cristal y porque es tan importante, si me responde esa simple pregunta, le daré el resto del día libre.
Alín se separó de su profesora, emocionado por esa oportunidad. Y señalando un enorme cuadro que estaba en la galería a la que habían entrado, respondió:
—El árbol gigante de cristal se encuentra en medio de la isla de Zandina, y sus raíces surcan todo el suelo, alimentando las flores de cristal que están por toda la isla y cuya luz es dañina para los Urkas, nuestros enemigos.
La profesora admiró la bella pintura donde un árbol de tronco azul y hojas similares al vidrio había sido majestuosamente pintado.
—¿Qué alimenta la fuerza de ese árbol?
—Pues, lo riegan y abonan, supongo, como cualquier planta.
—¡¿Cómo cualquier planta?! —exclamó la obesa mujer, abanicándose con su mano—. ¡No me creo tanta insolencia ante el árbol de cristal!
Una voz profunda y varonil retumbó en la galería:
—El árbol es alimentado por la voluntad de los habitantes de la isla, que se canaliza a través de la corona de Zandina, la cual posee la reina y que pronto usted, joven príncipe Alín, deberá portar.
Alín se paró firme ante el recién llegado, un hombre de largos colmillos afilados que por más que intentaba sonreír con tranquilidad, despedía desconfianza y precaución.
—Exactamente, Láximus —le reconoció la profesora—, pero esperaba que fuera el príncipe el que me respondiera.
—Lamento tanto haberme inmiscuido así —se disculpó el trajeado hombre de cabello plateado—, pero no tolero el hecho de que nuestro príncipe esté tan desinteresado en su propia cultura.
—Opino igual. Así que si me disculpa, guiaré al príncipe al salón de clases.
—Espera —dijo Alín—, si tú estás aquí, Láximus… ¡Significa que mi abuela también llegó de su viaje!
Para validar las palabras de Alín, la puerta se abrió ante una escolta que venía protegiendo a una mujer de edad avanzada, cuya corona de cristal delataba como la reina.
—¡Abuela! —El príncipe corrió hacia la mujer, quien lo recibió con un fuerte abrazo.
—Mi niño, esta semana sin verte me pareció una eternidad. —Las finas facciones de la mujer hablaban de una belleza pasada.
—Abuela, ¿puedo pasar la tarde contigo, en lugar de tomar mis aburridas clases?
La abuela reprochó con la mirada el insolente diálogo, pero no pudo evitar sonreírle a su nieto, pronunciando sus arrugas.
—Si la señorita Xama no tiene inconveniente…
—Ninguno, su majestad —respondió la profesora con un suspiro de resignación.
—Láximus, ¿no hay problema si dejamos nuestros pendientes para después?
—Claro que no, su majestad, aprovecharé el tiempo para poner al corriente los asuntos que dejamos al partir.
—Eres un amor, Láximus, no sé qué haría sin ti.
—Es un honor, su alteza, sabe que vivo para servirle. —El Urka hizo una reverencia con su enorme mano de uñas negras en su pecho.
—Por eso mi abuelita dice que eres el único Urka bueno que existe —le dijo Alín sin malicia alguna.
—Confiemos en que no sea así.
—¿Cómo?
—Confiemos, joven príncipe, en que haya más Urkas buenos por ahí. Ahora si me disculpan, me retiro a mi despacho.
—Nosotros también nos retiramos a la terraza, para tomar un poco de té, ¿qué dices, mi niño de la caperuza? —le preguntó la reina a su nieto, obteniendo una amplia sonrisa como respuesta.
...
Pues aquí termina este primer capítulo, el cual es público para que puedan ver mi narrativa y conocer la historia, si les gusta, podrán encontrar el resto en el segundo nivel de mecenazgo, publicaré un capítulo por mes.