Relato 02 de Los Olímpicos: Apuesta
Added 2021-11-09 15:51:08 +0000 UTCDionisio se encontraba recolectando uvas en uno de los viñedos de su pequeño palacio. A pesar de tener ninfas y servidumbre a su servicio, prefería hacerlo él mismo, pues nadie podía escoger las mejores uvas que el mismo dios del vino.
Estaba tarareando alegremente, cuando palabras altisonantes llegaron desde el cielo a sus oídos. Mirando hacia arriba en busca de tan mal sazón para su tranquilo día, miró como Ares colgaba, aferrado a una de las patas del Pegaso de Atenea, mientras que esta lo pateaba para intentar derrumbarlo.
—¡Aun no he perdido, idiota! —gritaba Ares, recibiendo un golpe en el hombro derecho.
—¡Perdiste hace diez minutos, así que deja de dar lástima y suelta mi Pegaso! —Una última patada provocó que el dios de la guerra cayera con estrépito en el patio de Dionisio, mientras la diosa de la sabiduría se alejaba de ahí.
—¡Esto no ha acabado, maldita creída! —gritó Ares—. ¿¡Y tú que me ves, come-uvas?! —Con esfuerzo, Ares se puso de pie, raspones y heridas cubrían su cuerpo, evidenciando su reciente pelea con su hermana.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Dionisio. A pesar del estado lamentable del pelirrojo, no podía evitar que el dios de la guerra le pareciera increíblemente sexy.
—¡Estoy bien! —Ares metió la mano en el cesto de mimbre para sacar un puñado de uvas y echárselo a la boca—. ¡Están ácidas! —dijo, mientras un poco de jugo escurría por la comisura de sus labios.
—Claro que lo están, son uvas para vino… ¿Por qué peleabas con Atenea?
—¡La idiota cree que puede insultarme y que no haré nada para defenderme!
Dionisio suspiró, sonriendo. Parecía que Ares estaba que echaba lumbre, y él podía aprovechar esa situación.
—Pasa a mis habitaciones, curaré tus heridas —dijo el castaño, llamando con su mano a una ninfa bajo su cargo y dándole la canasta de mimbre para que continuara con la cosecha—. Te daré un poco de vino.
—Bueno, pero que sepa mejor que estas uvas.
En la habitación de Dionisio, el dios del vino le indicó a Ares que tomara asiento en un mullido sofá, mientras él iba en busca del vino y de lo necesario para curar al dios.
Ares se dejó caer en el mueble, para después subir sus piernas a la mesita de centro.
Cuando Dionisio volvió, se deleitó con el primer plano de aquellas piernas musculosas y del hombre desgarbado, tumbado a sus anchas, imponiéndose como macho dominante.
—Tus piernas están sangrando, mancharás mis muebles —le dijo Dionisio.
Sin bajar las piernas de la mesita, Ares recibió la botella destapada y bebiendo un par de tragos de aquel excelente vino, vociferó:
—Si no quieres que manche tu mesa, cura mis piernas primero. —Dando intención a sus palabras, Ares abrió más sus piernas, provocando que su falda se subiera un poco y dejara ver parte de sus gruesos muslos, donde la mirada heterocromática de Dionisio se perdió por breves segundos.
Sin decir nada, Dionisio se arrodilló ante Ares, en parte para comenzar a curar aquellas piernas, en parte para mirar un poco más en el interior de la falda.
Tras quitarle las sandalias, Dionisio impregnó gazas de un resplandeciente líquido blanco, y comenzó su labor. El dolor desaparecía al instante, las heridas se cerraban casi por completo y los oscuros moretones se desvanecían, dejando apenas unas insipientes manchas amarillas.
—A pesar de que estoy usando xumallina, las heridas no sanan del todo. A veces pienso que Atenea se pasa de abusiva contigo.
Ares se encogió de hombros, mientras bebía de la botella.
—La verdad, me lo busqué. Pero no la soporto. Me molesta el favoritismo que le muestra Zeus, cuando los dos somos sus hijos… ¡Me pone… celoso! —La última palabra la dijo en un susurro, mientras el color ascendía a su rostro.
—Debe ser porque ella nació de la cabeza de él, eso la hace más cercana que tú, que naciste de Hera, además de que es muy poderosa y buena en sus cargos, sabiduría, estrategia… ya sabes. Tú en cambio eres el dios de la guerra, destrucción y esas cosas negativas, y no eres muy bueno en ello, la verdad.
Ante esta molesta declaración, Ares quitó sus piernas de las manos de Dionisio, para darle un talonazo en la cabeza, no tan fuerte como para lastimarlo, pero si lo suficiente como para que le doliera.
—¡No es que tú tengas cargos muy difíciles, come-uvas! ¡Cualquiera puede hacer fiestas y vino!
—¡Oye, preparar vino no es tan fácil! —rezongó Dionisio, sobando su cabeza.
—¿¡Y hacer fiestas sí!? ¡Y sigue curándome!
Dionisio se puso de pie, para empezar a impregnar el líquido brillante en las heridas del torso del pelirrojo. Hasta cierto punto, el dios del vino disfrutaba de aquella agresividad, de cómo Ares se imponía y le daba órdenes. Sentía que, muy a su manera, era una forma de demostrar que lo apreciaba, pues no dejaba que nadie más curara sus heridas.
—Hacer vino es un proceso delicado —siguió Dionisio, para exasperar más a Ares, sabía que esa pasión fúrica que mostraba, podía desencadenar en buen sexo si se llevaba por el lado correcto—. Desde la cosecha hasta su elaboración, es un proceso…
—¡Cállate! ¡Pareces manual! ¡No puede ser tan difícil! No más que tener mis cargos.
—Sí eso crees, hagamos un trato —Dionisio rodeó a Ares y comenzó a “curar” su cuello y hombros, aunque sus movimientos parecían más un masaje—. Tú demuestra que eres mejor que yo para hacer vino, creando uno más rico que ese que estás bebiendo, y seré tu esclavo por un día; pero si yo venzo a Atenea en una batalla, tú serás el mío, ¿qué te parece?
Por toda contestación, Ares soltó una carcajada tan fuerte que el vino que tenía en la boca, escapó, escurriendo por su barbilla.
—¡Si yo no puedo con esa perra loca, mucho menos vas a poder tú, que no estás hecho para el combate!
—Entonces, te será fácil ganar, y puedo llegar a ser un esclavo muy complaciente —estas palabras las dijo muy cerca del cuello de Ares, quien sintió el aliento del dios del vino.
Ares sonrió para sus adentros, las veces que había tenido amoríos con Dionisio, este siempre resultaba taimado y dominante, a pesar de que él intentaba imponerse. Así que tenerlo sumiso y obligado a obedecer sonaba bastante tentador.
—Bien, aceptó tu trato, pero si pierdes, serás mi esclavo... ¡Y voy a joderte como nadie lo ha hecho antes!
—Pues, ahora que ya estás curado totalmente, no perdamos tiempo, iré ahora mismo a enfrentarme a Atenea —dijo el castaño, dirigiéndose a la salida—. ¡Suerte con el vino y descubriendo mi ingrediente secreto!
—¿Hay un ingrediente secreto? —preguntó Ares, pero el castaño ya se había ido—. ¿En qué mierda me metí?
Mientras Ares revisaba las diferentes habitaciones del palacio de Dionisio, el dios del vino llegaba hasta los aposentos de Atenea.
—¿Vienes a regañarme por la paliza que le di a Ares? Sí es así, antes debes saber…
La mano de Dionisio se movió en señal de negativa, lo que provocó que la diosa detuviera sus palabras.
—En realidad, vengo a ofrecerte un trato, para que puedas ver a Ares más humillado de lo que ya está.
Atenea no entendió la intención detrás de estas palabras, pero aun así sonrió.
…
Sin ninguna idea de cómo proceder con la elaboración del vino, Ares acudió a unas ninfas para que le ayudaran, quienes aceptaron a regañadientes, más por miedo que por altruismo.
Tras el largo proceso de la creación del vino tinto, ayudados con los instrumentos mágicos de Dionisio, Ares por fin puso la tapa al barril que contenía el vino recién hecho.
—¿Ahora qué? —preguntó el dios a sus ayudantes.
—Debe meterlo a la cava del tiempo, para que se fermente al menos quince minutos, y estará listo para beberse.
Ares sonrió al oír esto, el vino estaba terminado, y aunque ni de lejos sabría como los que hacía Dionisio, estaba seguro de que el dios de las fiestas jamás derrotaría a la pesada de Atenea.
—Entonces, estamos desocupados y solos —dijo Ares, halando a las ninfas por el talle para acercarlas a él—. ¿Por qué no profanamos la habitación de Dionisio con actos indecentes?—apenas había comenzado a besar el cuello de una de ellas, cuando estruendos llegaron desde afuera.
—¡¿Qué fue eso?! —se sobresaltó Ares, dirigiéndose al origen de los ruidos, momentos que aprovecharon las ninfas para desaparecerse de ahí.
Al llegar afuera, Ares se quedó boquiabierto ante la bizarra escena: Atenea se encontraba en el suelo, llena de polvo, despeinada y sangrando, mientras que Dionisio apuntaba a su cuello con la espada de Ares,
—¡Ríndete, Atenea, o encontrarás en esta espada tu fin!
Atenea bajó la cabeza, mientras que golpeaba la tierra con su puño.
—¡Bien, me rindo! ¿Así que este es el sabor de la derrota? Sabe… muy feo… —La diosa no pudo evitar sonrojarse, a pesar de que todo era una farsa, no era muy agradable fingirse derrotada.
Con un agudo silbido, Atenea llamó a su Pegaso, para huir del lugar, dejando a Dionisio satisfecho y a Ares completamente perplejo.
Bueno, Ares, pudiste ver que vencí a Atenea.
—¡N-no me lo creo!
—Tranquilo, si quieres, luego te enseño como usar tu espada, para que también puedas ponerla en su lugar… a propósito, ¿cómo te fue con la elaboración del vino?
Sin decir nada, Ares se dio media vuelta y se dirigió al palacio, seguido de un sonriente Dionisio. Tras sacar el vino de la cava del tiempo, Ares puso la botella sobre la mesa.
—Está listo, y es el mejor vino que probarás en tu jodida vida, come-uvas.
—Debo admitir que es impresionante que dedujeras lo de la cava del tiempo.
—Ese era tu ingrediente secreto, ¿verdad?
—No, mi ingrediente secreto solo yo lo conozco —Mientras hablaba, Dionisio abría la botella para servir un poco del vino en una copa, y tras menearlo, lo olfateó para después paladearlo.
—Impresionante, ¿verdad?
—Lamentable, diría yo. Ares, tu vino pasa más por vinagre que por vino, la verdad, me ofendería si me sirven esto en una fiesta.
—¡¿Qué vas a saber tú de buen vino?! —dijo molesto el pelirrojo, mientras arrebataba la copa y apuraba su contenido—. ¡Esto sabe asqueroso, esa Ninfa me las va a pagar! —El vino escurría por su boca y barbilla.
—Bueno, me temo que perdiste la apuesta.
—Tal vez, pero tú…
—Yo cumplí, tú mismo viste a Atenea postrada ante mí, y estoy manchado de su sangre.
Sin decir nada y con cara molesta, Ares sé acercó a Dionisio y halando su cabello hacia atrás para exponer su cuello, el pelirrojo le dio un lametón.
—Sí es sangre de ella. Pero, ¿cómo lo lograste?
Dionisio se estremeció ante el contacto húmedo de la lengua de Ares.
—Tengo mis secretos.
—Sí no me dices que como fue, no te creeré. Atenea me odia tanto que fácilmente fingiría que la derrotaste para verme como tu esclavo.
Dionisio dudó un poco, pero luego inventó una mentira creíble:
—Fue Nike, me regaló un beso en la mejilla, para la buena suerte y la victoria.
—¡Eso no me sirve! —suspiró Ares—. Nike también me odia.
—Entonces, yo gané el trato, ¿verdad?
Ares escupió en el suelo en forma de protesta, mientras sus mejillas se coloreaban.
—¡Qué no se diga que el dios de la guerra no cumple sus promesas! ¡Seré tu esclavo por un día!
Dionisio sonrió, mientras se sentaba en su sofá de nuevo. Sus ojos bicolores se desviaron a una de las ventanas, donde una lechuza blanca se posaba en ese momento.
«Atenea no puede esperar a ver a Ares reducido como mi sirviente», pensó el castaño.
—Bueno, como mi primera orden, limpia el vino que tiraste en mi piso y ese escupitajo, es asqueroso.
—¡No soy tu gato!
—Si lo eres, y te conviene que te de ordenes de limpieza en lugar de otras más… subidas de tono.
Sonrojándose, Ares tomó la botella de mal sabor y la arrojó por una ventana, por fortuna, no fue la misma donde estaba la lechuza, luego buscó un trapo para ponerse a cuatro patas en el suelo y comenzar a limpiar el vino derramado.
—La visión es muy buena —admitió Dionisio, mirando como la corta falda de Ares solo cubría la mitad de sus glúteos en esa posición.
—¡No mires mi culo, homosexual! ¡Recuerda que yo soy el que te da a ti!
—En un momento arreglamos eso. Cuando termines de limpiar, vienes a mi cuarto. —Dionisio se fue con pasos lentos a su habitación, dejando a un Ares preocupado.
Cuando sintió que había salido del rango de visión de Ares, Dionisio se apresuró. Antes de que el dios de la guerra llegara, Dionisio corrió una de las cortinas y abrió la ventana, para que la lechuza pudiera observar desde ahí, después de todo, eso era parte del trato con Atenea.
Ares tardó casi quince minutos en limpiar el vino. Cuando llegó a la habitación, lo que encontró en ella lo hizo sonreír.
Dionisio estaba desnudo en su totalidad, recostado entre los mullidos cojines purpuras y solo algunas parras cubrían su intimidad. Las manos del dios del vino estiraron una botella hacia Ares.
—Toma, este vino sabe mucho mejor que el que tú hiciste y este si contiene mi ingrediente secreto.
Con desconfianza, Ares aceptó aquella botella, dándole un pequeño trago y comprobando su excelente sabor. Sin medirse, el dios vació buena parte de la botella en su boca.
—¿Qué pretendes, come-uvas?
—Dijiste que tú eras el que me daba a mí, así que, aquí estoy, listo para que lo hagas.
Ares sonrió con perversidad, acercándose intimidatoriamente a Dionisio.
—Creí que yo era el esclavo y tú el amo, ¿o será que no puedes sacar lo zorro que eres de tu ser? —Ares se acercó aun más, dejando muy poco espacio entre ellos.
La fuerte mano de Ares tomó a Dionisio por la cintura y lo acercó hacia él, dejando que su erección se restregará en el más joven. La otra mano haló con suavidad el cabello de Dionisio, exponiendo su cuello, donde los dientes de Ares mordieron con algo de rudeza, ganando un gemido por parte del dios del vino.
—Entonces, ¿tú serás mi esclavo? —dijo entre dientes sin dejar de morder.
—S-sí —respondió Dionisio, entre gemidos, mientras que su mano buscaba la erección de Ares, a través de la tela.
Ninguno de los dos se percató de que la lechuza en la ventana, entornaba los ojos molesta. El trato era dar de su sangre a Dionisio y fingir su derrota a cambio de una buena visión de Ares sometido en la cama, y por culpa de la calentura de Dionisio, ahora Ares disfrutaría tomando al dios del vino. Bueno, de cualquier forma, para la diosa siempre resultaba morboso ver a dos hombres expresándose cariño.
—Vas a pagar caro el haberme hecho creer que sería yo tu esclavo. —Soltando a Dionisio, Ares se sentó en la cama—. Termina de limpiar mis piernas, pero esta vez, usa tu lengua —dijo, desabrochando sus sandalias.
Dionisio se puso de rodillas, dispuesto a obedecer, le enloquecía el contraste entre la piel blanca de sus manos y las bronceadas piernas de Ares. La lengua comenzó a deslizarse por aquellas piernas, que en honor a la verdad, no estaban sucias, pero si sabían a sudor, a hombre.
La boca de Dionisio recorrió las pantorrillas a su disposición, para después empezar a besar los pies del dios de la guerra.
—Camino equivocado, debes ir hacia arriba —le dijo Ares, levantando su falda y mostrando su ropa interior tensa y ya un poco húmeda.
Obediente al sensual dios, Dionisio siguió lamiendo las piernas de Ares, esta vez, dirigiéndose a la fuente de sus deseos lujuriosos.
Mientras Ares le daba otro trago a la botella de vino, Dionisio escondía la cabeza en la falda de él, para lamer sin aprensión el bulto tenso de Ares, el cual palpitaba ante cada lamida. La mano de Dionisio se adelantó, buscando apartar la trusa de cuero, para liberar el miembro de Ares, pero Ares le reprendió, evitándolo:
—Deja las manos atrás, pervertido, solo puedes usar tu lengua. Si te portas bien, te dejaré tomar el premio más adelante.
Obediente y excitado, Dionisio siguió lamiendo por encima de la tela, hasta que el sudor de Ares se fusionó con su propia saliva, dejando la trusa empapada.
Recorriendo las musculosas piernas del dios de la guerra, Dionisio descendió de nuevo hasta sus pies, los cuales comenzó a besar con verdadera adoración, succionando cada uno de sus dedos.
Sonriendo con cierta burla, Ares apartó los pies de la cara de Dionisio, pero solo para reacomodar cada uno en las mejillas de este, y así, sujetando su cabeza con los pies, flexionó las rodillas hasta pegar la cara del dios del vino a su bulto de nuevo.
—Abre grande, te daré de comer algo más grande que una uva.
Obediente y con la cara húmeda, percibiendo todos los aromas que empezaban a envolver el cuarto, Dionisio abrió la boca y sacó su lengua.
Ares se ayudó de su mano libre para halar una piernera de su trusa y liberar su pene y sus testículos, que cayeron con peso en la cara de Dionisio. La lechuza en la ventana suspiró ante aquella visión.
Desbordando lujuria, sintiendo en la cara el calor que emanaba de aquel pene y de aquellos pies que lo aprisionaban, Dionisio engulló con glotonería, paladeando el gusto acre, característico del dios de la guerra.
Bebiendo de la botella y sintiendo la garganta húmeda de Dionisio alrededor de su pene, Ares comenzó a mover sus pies en un vaivén, clavando su miembro en lo más profundo de la garganta del dios de las fiestas, quien aceptó aquello con cierta dificultad, pero con mucha lujuria.
Podía sentir el glande hinchado de Ares llegar hasta lo más profundo, abriéndose paso en su garganta sin compasión, impregnando su sabor y sus líquidos en él.
—Si lo único que querías era que te usara como mi perra, me lo hubieras dicho —se burló Ares, coronando sus palabras derramando un poco de vino en la cara de Dionisio, quien tuvo que cerrar los ojos para que la bebida no se los lastimase—. No sé cual mierda sea tu ingrediente secreto, pero debes admitir que nada lo hace saber mejor, que beberlo directo de mi pene, ¿no es así?
De pronto, Ares se puso de pie, sacando su miembro chorreante de la boca de Dionisio, quien aprovechó para dar hondas bocanadas de aire.
—No me importa… el vino —dijo Dionisio—… solo quiero tu miembro.
—Y lo tendrás, pequeño pervertido. ¡Desnúdate!
Obediente, Dionisio chasqueó sus dedos, y las parras que cubrían escasamente su cuerpo desaparecieron, revelando la piel lechosa y cubierta de pecas del dios. Al mismo tiempo, su pene tenso, que goteaba un poco de precum, quedó al descubierto.
Ares rio al ver a Dionisio, le fascinaba que fuera tan complaciente, le encantaba que su pene fuera más pequeño que el de él, lo hacía sentir grande y dominante.
—Ahora desnúdame a mí.
Dionisio obedeció al instante, sin desaprovechar la oportunidad para besar cada rincón del cuerpo de Ares que descubría. Emocionado, el castaño intentó darle un beso en la boca, pero Ares fue más rápido, retrocediendo.
—Yo no beso hombres en la boca, depravado, y lo sabes —dijo alejando a Dionisio del cabello—. Si quieres darme un beso, que sea aquí abajo. —Ares haló el cabello de Dionisio, hasta que ambos estuvieron de rodillas, Dionisio siguió bajando hasta apoyar sus codos en el suelo y así, puesto en cuatro y con suma ternura, dio un beso al glande expuesto de Ares, sintiendo la viscosidad del líquido preseminal que estaba emanando.
Sin usar sus manos y apoyado solo con su lengua, Dionisio comenzó a lamer aquel miembro, para después meterlo en su boca y comenzar a succionar con fuerzas.
Ares aprovechó aquel momento y aquella posición, para estirar sus manos hasta alcanzar el trasero de Dionisio, donde comenzó un rudo masaje con las yemas de sus dedos.
El masaje de los dedos de Ares duró realmente poco, pues pronto empezó a ejercer presión hasta lograr que un par de ellos entraran en el culo de Dionisio, quien gimió lastimeramente, pero sin dejar de chupar el miembro que tenía en la boca.
—¡Te gusta? ¡Dime que te gusta lo que hago! —Ares le propinó una nalgada tan fuerte, que Dionisio no pudo evitar dar un pequeño grito.
—M-me gusta… —admitió Dionisio, sacándose el miembro de Ares de la boca y restregándoselo en la cara, dejando babas y precum en toda ella.
—Creo que es hora de darte lo que pides a gritos, come-pollas. —Ares formó un garfio con sus dedos dentro de Dionisio, que luego jaló con fuerza, estirando el esfínter del chico—. Este hueco tuyo quiere ser rellenado, ¿a que sí?
—S-si, por favor…
—Date la vuelta.
Dionisio obedeció, aun en cuatro, se giró hasta mostrar sus nalgas sonrosadas a Ares, quien se ayudó de un pulgar para abrir su culo y admirarlo.
—Va a ser sin compasión, no la mereces por hacerme creer que sería tu esclavo. —Aun con el pulgar dentro del culo de Dionisio, Ares posicionó su glande y de una estocada, lo clavó en lo más profundo del dios de las fiestas, y sujetándolo de la cadera con su otra mano, comenzó a moverse.
Desfalleciente, Dionisio recargó su cara en el suelo, sintiendo como se mezclaban en él el dolor y el placer, llegando a un punto en donde no podía definir lo que sentía, solo quería que no se detuviera.
Sin dejar de moverse, Ares giró a Dionisio, para que quedara acostado boca arriba, mientras seguía clavándolo. Soltando la cadera del castaño, el dios de la guerra comenzó a pellizcar con fuerzas los pezones de Dionisio, recibiendo gemidos a cambio. Encorvándose, tremendamente excitado por este grito, Ares se echó completamente sobre él, como un animal en celo, y moviéndose más ferozmente, comenzó a morder los pezones y el cuello del dios.
—¿Te gusta, la fiesta que estoy armando en tu interior? ¿Verdad que soy mejor dios de las fiestas que tú? ¡Y eso que aun no has probado mi vino!
—Quiero… —logró proferir Dionisio.
—¿Qué quieres?
—Dame… tu vino…
Sin ápice de delicadeza o consideración, Ares dejaba caer todo el peso sobre Dionisio, dificultándole el respirar y mezclando sus sudores. El dios de la guerra gozaba como un animal, preocupándose por su placer únicamente; Dionisio en cambio, gozaba y sufría por igual, era un deleite ver su cara rodeada de las cortinas que formaba el cabello largo y rojo de Ares, mientras este jadeaba. Tras varias embestidas más, Ares comenzó a bufar, y mordiendo más fuerte que nunca el cuello del chico, se quedó quieto en lo más profundo, descargando una abundante cantidad de semen en Dionisio, que comenzó a escapar de su esfínter a causa de la presión que había ahí dentro.
Ambos estaban exhaustos, y por algunos minutos ninguno se movió.
—Ares… —gimió Dionisio al cabo de un tiempo—, eres el mejor. Podría estar así contigo, por siempre.
—Cállate, odio las cursilerías. —Tras la tensión de sus músculos, Ares dejó de apoyarse en sus rodillas y brazos, para, literalmente, acostarse sobre Dionisio.
—Ares…
—Que te calles… —La voz de Ares comenzó a sonar adormilada.
Sintiendo que el peso del pelirrojo lo estaba ahogando, Dionisio empujó suavemente a Ares, quien cayó dormido boca arriba.
Ahí, en el suelo de su habitación, el dios del vino miró como Ares roncaba, sin preocuparse por el sudor, el semen regado o su desnudez.
—Lo único que no me gusta de nuestros encuentros es que nunca termino yo. —Observando a Ares para inspirarse, Dionisio comenzó a masturbar su hinchado miembro—. La próxima vez que seas mi esclavo, te obligaré a que yo termine primero.
Cuando Dionisio sintió que estaba por venirse, tomó la botella ya vacía de vino, y apuntando su pene, descargó tres chorros de semen, cayendo la mayoría dentro.
—No puedo dejar que mi ingrediente secreto se desperdicie, ya que te gusta tanto mi vino, ¿verdad? —Sin agregar más, Dionisio se recostó junto a Ares, para dormir un poco.
Cuando la lechuza de la ventana entendió que ya no había nada más que ver ahí, emprendió el vuelo en silencio.