Relato 01 de Los Olímpicos: En el lago.
Added 2021-05-24 04:17:03 +0000 UTCLas sandalias de Ares se apoyaron en la hojarasca lo más silenciosamente posible. Su mano tapó su sonrisa pervertida, con la finalidad de que no saliera ni su risilla perversa ni sus futuros jadeos.
El calor era extenuante y las gotas de sudor que resbalaban por su bronceado cuerpo lo atestiguaban. El dios de la guerra había acudido al lago que se encontraba cerca de los patios del Olimpo, para poder refrescarse, pero al ver que alguien más ya lo ocupaba se detuvo, y no fue porque le diera pena importunar, sino porque no quería que aquel par de dioses detuvieran su lasciva actividad.
De pie sobre las rocas donde desembocaba una pequeña cascada, y con el agua hasta las rodillas, Hera dejaba que Zeus paseara sus manos por todo su voluptuoso cuerpo, a la vez que sus labios se ocupaban de su cuello, espalda y nuca.
Mientras una de las manos de Zeus sostenía sus muñecas sobre su cabeza, la otra estrujaba con perversidad y rudeza uno de sus enormes senos. La cara de la diosa era un poema, Hera mordía sus labios acallando sus gemidos, el rubor le teñía las mejillas y sus ojos se apretaban fuertemente dejando escapar algunas lágrimas. No solo se veía excitada y sometida, sino que avergonzada. Seguramente la diosa se estaba bañando sola y Zeus había llegado a importunarla, y no era que Hera no dejará a Zeus disfrutar de sus favores, sino que la Diosa solía ser más recatada y no gustaba de hacerlo al aire libre, donde cualquier fisgón pudiera verla en paños menores. Y aquí es donde nuestro inoportuno, o mejor dicho, oportuno dios de la guerra apareció.
Ares le tiraba a lo que se moviera, y aunque al principio le pareció incómodo ver a sus padres en esa situación, pronto su lujuria se antepuso a su sensatez. Claro que prefería de las mujeres, ¡y qué mujer tenía delante de él!, nada menos que la diosa madre, la que solo se dejaba ver y tocar por Zeus.
Aun en cuclillas, Ares movió sus ropas para poder liberar su ya hinchado miembro. Era la primera vez que veía a Hera en esa situación y no la iba a desaprovechar.
Al tiempo en que las manos de Zeus bajaban por las gruesas caderas de su esposa, hasta ceñirse sobre su entrepierna, Ares recorría con lentitud el prepucio de su miembro, dejando el babeante glande al descubierto. Los gruesos dedos de Zeus se abrían camino entre los labios de Hera, introduciéndose en su palpitante caverna. Ares, por su parte, hacia lo propio, recorriendo sus pectorales con la mano libre, mientras que la otra lo masturbaba con energía.
Sin decir nada, Zeus se movió rodeando a Hera, y posicionándose delante de ella, se hincó para comenzarle un profundo sexo oral. A pesar de tener ambas manos en la boca, los gemidos de Hera fueron largos y audibles, y no hicieron otra cosa que aumentar la excitación de su hijo.
—Gime, zorrita —murmuraba el dios de la guerra, mientras que sus largos cabellos rojos se pegaban a su cuerpo gracias al sudor.
Su mano masturbaba con fiereza su miembro, y de cierta forma se sintió parte del dúo que mantenía relaciones frente a él.
Cuando Hera soltó un largo y agudo gemido, indicando que había tenido un orgasmo en la boca de su marido, Zeus se levantó relamiéndose los labios, y sentándose en una las piedras altas, se abrió de piernas, para indicarle a su esposa que era su turno.
Ares no pudo evitar detener su masturbación, mientras veía boquiabierto el miembro que Hera intentaba engullir sin conseguirlo. No era que le llamara mucho la atención a Ares, pero era cierto que si le impresionaba el enorme falo de su padre, Hera no alcanzaba a cubrir su largo con ambas manos; y gruesas y palpitantes venas lo adornaban, dibujando caminos que el sudor, el agua y el precum recorrían hasta empapar las manos de la diosa.
Hera engullía aquel miembro hasta dañarse la garganta pero ni así lograba llegar a su base.
Sonriendo con perversidad, Zeus tomó del cabello a su esposa, manteniendo la cabeza de Hera estática, y comenzando un brusco vaivén con su miembro. Hera ponía los ojos en blanco, asfixiada por aquel miembro que golpeaba su campanilla sin rastro de piedad, Y Zeus solo se mordía los labios, mientras se follaba la cabeza de su esposa. Sin embargo, y evidenciando que la diosa disfrutaba de aquel castigo, las manos de Hera estaban en un feroz movimiento, masturbando su clítoris.
Mordiendo sus labios, Ares afianzó aun más su miembro, dispuesto a culminar antes que los dioses que espiaba.
—Trágatela completa, zorrita —murmuró el pervertido dios, cuando un aliento en su oreja lo sorprendió.
—¿Qué diría tu madre si sabe que te expresas así de ella? —dijo la burlona voz de Dionisio, al tiempo en que una de sus manos se aferraba al pene del dios de la guerra.
El pecho de Ares se infló con el aire que pretendía expulsar con un grito de ira, pero la mano desocupada de Dionisio le tapó la boca, impidiéndolo.
—Amigo mío, no demuestres ser tan bobo, si Zeus y Hera nos descubren aquí, nos fulminan a ambos.
Los dientes de Ares se apretaron, mientras el dios murmuraba, aun con la mano de Dionisio sobre su cara:
—¡Deja de manosearme pervertido, este era un momento privado!
—¿Tuyo o de ellos? —Al tiempo que la pregunta se realizaba, la mano de Dionisio aflojó el agarre, pero no la retiró de la cara del pelirrojo, en su lugar, introdujo un dedo que se humedeció al contacto con la lengua tibia de Ares.
—Mío… ¡Y quítame las m-manos de encima… o te las corto! —dijo de forma entrecortada Ares, sin darse cuenta, su pelvis se meneaba en un vaivén ayudando a la mano de Dionisio a masturbarlo.
—Algo me dice que no quieres que me vaya, y en todo caso, no te conviene desairarme, considerando la delicada posición en la que te encontré, pero te propongo algo, Ares bribón, déjame echarte la mano con esta dura situación de aquí, y yo me callo lo que te vi haciendo. ¿Qué dices?
Ares desvió los ojos, entendiendo que estaba en un predicamento, y bueno, después de todo, Dionisio siempre era muy complaciente, así que, ¿por qué no dejar que él hiciera todo el trabajo mientras se dedicaba a disfrutar?
—Pero no hagas nada homosexual —respondió Ares.
—A sus órdenes, jefe. Ahora, tú sigue mirando como papá hace gozar a la diosa de diosas, yo me encargo de tu herramienta.
Ares sonrió, dejando que Dionisio lo siguiera masturbando y chupando de forma casi inconsciente aquellos dos dedos que jugaban con su lengua, los cuales tenían un gusto a fruta, muy común en el dios del vino. Al tiempo que la pequeña plática de los dos espías se llevaba a cabo, Zeus había dejado de castigar la boca de su esposa, y posicionándola en cuatro sobre las rocas, la penetraba con furia, deleitándose con los gemidos de la diosa de cabello naranja, sus embestidas eran casi dolorosas, dirigidas por una lujuria excesiva y una fuerza envidiable, parecía que el dios no necesitaba descansar.
Las manos de Hera se aferraban a las rocas con desesperación, mientras sus ojos se entrecerraban a causa del sudor, sus senos duros se restregaban en las piedras lisas y resbalosas, provocándole dolor y placer. Sintiendo que no era suficiente, el dedo pulgar de Zeus se abrió camino entre los grandes glúteos de su mujer, buscando un orificio que no estuviera ocupado y en el cual pudiera hurgar.
—Eso no… —gimió Hera al sentir al intruso, pero Zeus solo amplió su sonrisa, dejando que el dedo llegara hasta su base en lo profundo del ano de Hera y sonsacándole un grito ahogado a la diosa. Esta visión sobre-excitó a Ares.
—Ábrela… parte en dos a esa hembra —decía el dios entre sonidos guturales, cosa que aumentaba la diversión y la excitación de Dionisio, quien aumentó el ritmo con su mano acalambrada.
—¡Ya viene! —rugió Ares, alertando al dios del vino, quien aumentó aun más el ritmo con una mano, mientras que la otra tapaba con fuerza la boca de Ares y evitaba que este gimiera demasiado fuerte.
Una enorme cantidad de semen, espeso y viscoso, bañó la mano de Dionisio, quien sonrió con satisfacción.
—Te viniste mucho, ¿hace cuanto que no te masturbabas?
—No estoy enfermo, no es que lo haga a cada rato —respondió el dios de la guerra, intentando retirar la mano de su compañero, pero esta se aferró más a su pene, el cual comenzaba a ponerse un poco flácido—. ¡Ya quítame las manos de encima, hay que irnos de aquí!
—¿Irnos? Pero si ellos aun no terminan, creí que querrías ver el orgasmo de Hera. —Mientras hablaba, Dionisio cambió la mano que masturbaba a Ares, pues esa ya estaba muy cansada.
EL pelirrojo dudó unos instantes lo que su amigo decía, pero al ver cómo ahora eran dos dedos los que hurgaban el culo de Hera, quien se tapaba la boca para no gritar, sintió que no podía desperdiciar esa oportunidad, y al parecer, su pene pensó lo mismo, pues empezó a erectarse de nuevo ante las caricias de Dionisio.
Zeus utilizó la mano desocupada que tenía para tomar el cabello de Hera y halarlo con fuerzas, hasta que la espalda de esta se arqueó. Ares vio con lujuria como el pene de Zeus se dibujaba levemente en el bajo vientre de Hera, era tan grande que se veía como empujaba desde adentro. Cuando la diosa iba a desfallecerse, Zeus se detuvo, pero solo para levantarla de los muslos y ponerse de pie, aun penetrándola, y así, con las piernas de Hera abiertas a su máxima capacidad, Zeus siguió con su placentera tortura.
Ares no podía creer lo afortunado que era, parecía que Zeus había tomado esa posición intencionalmente para que él pudiera ver a su esposa en todo su esplendor.
Dionisos sonreía divertido ante las expresiones de Ares: se mordía los labios, entrecerraba los ojos y se relamía, no tenía idea de que el dios disfrutara tanto fisgonear.
Cuando Hera ya no pudo más, comenzó a venirse de forma desproporcionada, grandes cantidades de squirt empezaron a salir a chorros, salpicando las piernas y los testiculos de Zeus. Por si el espectáculo no fuera suficiente para Ares, Zeus comenzó a acelerar sus embestidas, provocándole un multi-orgasmo a Hera que llenó el aire de gemidos y gritos.
El semen que Zeus liberó fue demasiado, cantidades irreales que abultaron el abdomen de la diosa y que salía a presión, escurriendo por sus testículos y muslos.
Ares no aguantó más, también se iba a venir.
—Voy a…
Ni tardo ni perezoso, Dionisio volvió a acelerar su ritmo mientras le tapaba la boca con la mano libre, el detalle era que la mano libre contenía la primera corrida de Ares. El pelirrojo no se esperaba esta jugada de Dionisio, quien no dejaba de morder su cuello, y mientras se venía con fuerza en la mano ajena, el semen que había soltado hace rato se embarraba en su cara, filtrándose por su boca abierta.
La situación fue asquerosa para el dios, quien odiaba el sabor del semen, pero debía admitir que fue muy excitante, así que con un poco de dificultad, pasó el trago espeso del líquido.
—Acá tengo más, por si te quedaste con hambre —se burló Dionisio, mostrando la mano que contenía la nueva corrida.
—¡Esa trágatela tú! —rezongó Ares, mientras su propio semen escurría por su barbilla.
Dionisio se encogió de hombros y obedeció en el acto las palabras del pelirrojo, quien lo veía perplejo.
—Me das asco.
—Mejor vámonos, o nos van a encontrar —replicó Dionisio, arrastrándose en el pasto. Antes de seguir al dios del vino, Ares echó un vistazo, para ver si podía ver una última vez a Hera y llevarse una imagen mental para futuras pajas.
El pelirrojo perdió su sonrisa, mientras sus ojos se abrían con azoro, al ver que, mientras Hera descansaba desfallecida sobre las piedras, Zeus de pie lo miraba directamente, sonriéndole con perversidad, antes de girarse hacia su esposa para ayudarla a levantarse, el dios de dioses le regaló un guiño a su hijo, demostrándole que sabía perfectamente que estaba ahí.