Moto Ansatsusha, Tensei Shite Kizoku no Reijou ni Narimashita/Volumen 2—Prologo
Added 2025-01-15 00:31:36 +0000 UTC
Prólogo: En el Reino de Rienbul
Shahrnaz
Era feliz, muy feliz.
Como hija de un noble —Un duque, para ser precisos— sabía que mi destino era casarme por conveniencia política. El amor no entraba en la ecuación.
Mis padres eran el vivo ejemplo de ello. El matrimonio y la procreación eran meras obligaciones, un trabajo. Una vez que el heredero nacía, su labor estaba completa. El resto de la crianza recaía en sirvientes y nodrizas.
Apenas veía a mis padres en la mansión, unas pocas veces al año. El resto del tiempo, lo pasaban con sus amantes.
Así era como imaginaba la vida de los nobles, y así era como veía el matrimonio.
Los sirvientes tenían sus propias tareas, así que no podían dedicarme todo su tiempo. Para ellos, cuidarme era una tarea más, y hacían lo justo y necesario.
Y así, acepté mi destino sin cuestionarlo.
Todo cambió durante mi etapa estudiantil. Conocer al Príncipe Raheem transformó mi mundo.
El Príncipe Raheem era la sensación entre las damas desde su llegada a la academia, lo cual no era de extrañar al ser el único hijo del rey. El estatus y el futuro de una mujer estaban determinados por el hombre con el que se casara.
Pero su popularidad no se limitaba a su título. Era alto y apuesto, con un aire arrogante y autoritario que, en lugar de espantar, atraía aún más la atención femenina.
Yo también formé parte de ese grupo de admiradoras.
Siendo hija de un duque, no era descabellado pensar en un matrimonio real, pero nunca imaginé que el príncipe pudiera fijarse en mí.
Nos saludábamos ocasionalmente en la academia, y eso me llenaba de ilusión. Y entonces, sucedió lo inesperado.
—Has estado en mi mente desde el primer momento en que nos conocimos. Quiero que te conviertas en mi princesa consorte.
Creí estar soñando al escuchar esas palabras.
—¡Increíble! Supongo que incluso tú puedes lograrlo cuando te lo propones, —dijo mi madre, en una de las pocas veces que mostró interés en mí.
—Excelente. Un duque siempre aprecia un vínculo con la realeza, —comentó mi padre, en un inusual cumplido.
Por primera vez, me vieron, me hablaron, reconocieron mi existencia. Y eso me llenó de alegría.
Me comprometí con el príncipe de mis sueños. Sentí una felicidad que nunca antes había experimentado.
Pero me olvidé de algo crucial. Para los nobles y reyes, el matrimonio era un negocio, un acuerdo sin amor ni felicidad. Una lección que nunca debí olvidar.
—Shahrnaz, lo siento. Tengo un compromiso previo, —se disculpó él.
—No hay problema, Su Alteza. Disfrute su velada.
—Lo haré. Adiós.
—Adiós.
El príncipe seguía siendo el centro de atención, incluso después de comprometerse. Su naturaleza sociable lo llevaba a salir con frecuencia, no solo conmigo.
Pero estaba bien, era su prometida. Nos casaríamos y, con el nacimiento de un hijo, me daría el lugar que merecía. Aunque... ¿se reduciría nuestra relación a eso?
No, no podía ser. Yo era más que un medio para producir un heredero. Iba a dar a luz al futuro rey. No había motivo para preocuparse.
Ignoré las miradas de las damas, algunas orgullosas, otras llenas de desprecio. Después de todo, yo era su prometida.
Y en ese momento, era la mujer más feliz. Literalmente, era la única que podía estar a su lado.
†††
¿Por qué?
Nos graduamos de la academia y nos casamos. Di a luz a un hermoso niño, con cabello plateado y ojos azules. Lo llamamos Shaghad, y su nacimiento trajo alegría a todos. Era el futuro sucesor de Rienbul, y sirvientes y nobles me felicitaron.
Incluso mis padres me elogiaron por haber cumplido con mi deber.
Hice mi trabajo, como debía. Entonces... ¿por qué?
—¿Tampoco volverá a casa hoy?
—Mis disculpas, mi señora. Su Alteza está fuera por negocios. Probablemente no regresará esta noche.
Mentiras. Sé lo que ocurre. Conozco sus andanzas, con quién está y qué hace.
Pero, ¿por qué?
—¿Madre?
En un abrir y cerrar de ojos, Shaghad, mi pequeño bebé, se convirtió en un niño de cuatro años. ¿Cuántas veces ha regresado su padre al palacio en todo este tiempo? ¿Cuántas veces ha visto el rostro de su propio hijo? ¿Cuántas veces me ha dirigido la palabra?
—Madre, ¿te sientes sola?
Oh, mi querido niño. Tan amable y encantador. El fruto de mi unión con el príncipe.
Me apretó la mano, con una expresión preocupada, pero sonrio y dijo: —Estoy aquí contigo. Sé feliz.
—¿Ser feliz? —repetí.
—¿Madre?
Así es. Tengo un hijo aquí. Di a luz al futuro rey. Y, sin embargo, el príncipe sigue ausente.
—¿Por qué no está él a mi lado? —pregunté en voz alta.
No obtendría respuestas de este niño, eso lo sabía.
†††
Shaghad cumplió seis años, y el príncipe finalmente regresó a mí.
—¿Qué dijo? —pregunté.
Había pasado tanto tiempo desde que me dirigió la palabra. Estaba emocionada de que finalmente me prestara atención, pero cuando fui a verlo, vi a una mujer joven y hermosa a su lado.
Conozco a esa mujer.
Era famosa en el palacio real y en los círculos sociales. Era hija de un vizconde y la favorita del príncipe. Si mal no recordaba, su nombre era Anita Alaban.
Junto a ellos había dos niños de edad similar a Shaghad. Ambos tenían ojos color melocotón, pero el niño tenía cabello azul y la niña, cabello del color del atardecer. Eran la viva imagen de Su Alteza y Anita.
—Estos son mis hijos con Anita. Son gemelos. El niño es Ismail y la niña, Aisha —dijo el príncipe.
—¿Embarazaste a tu amante mientras yo estaba embarazada de Shaghad? —pregunté.
—¿Acabas de llamarla mi amante?
—Raheem, cariño, no hay problema —arrulló Anita, dirigiéndose a él de manera informal y acando su pecho contra su brazo.
Qué mujer tan vulgar.
—Anita es el amor de mi vida. No toleraré que insultes su honor llamándola amante —gritó Raheem.
—¿El amor de tu vida? —repetí incrédula.
¿Y yo? ¿No me dijiste que me amabas?
—Jajaja, lo siento, Shahrnaz —rió Anita—. Es que nos amamos tanto.
Ahí estaba, esa sonrisa. La misma sonrisa llena de orgullo que había visto en tantas otras damas. Ya estaba harta.
—El amor es maravilloso, hija del Vizconde Alaban —dije—. Pero debería cuidar sus modales entre la nobleza, especialmente si va a ser la amante del príncipe. Recuerde, yo soy su esposa y pertenezco a la casa de un duque.
—Oh, querida, lo siento tanto, Shahrnaz —dijo ella.
—No, yo debería disculparme —respondí—. Por intervenir cuando no debería. Sé que a Su Alteza le gusta su actitud, pero muchos en el palacio no tolerarán ese comportamiento.
A pesar de recordarle mi rango superior, Anita insistió en que eso podría cambiar. Así que le dije que no sobreviviría en el palacio si seguía actuando como una ramera. Me sentía ridícula discutiendo con una mujer así.
Miré a los niños junto a Anita. —Su Alteza, ¿cuáles son sus planes para estos niños?
Ningún noble en este país trataba con decencia a los hijos nacidos fuera del matrimonio, especialmente a los reales. Podían ser eliminados por temor a conflictos dinásticos. Pero esto no se aplicaba a los hijos de consortes reconocidas.
Peor aún, Anita era hija de un vizconde, sin mucho poder. Solo tenía el favor del príncipe, y no estaba claro cuánto duraría.
—Es obvio. Los reconoceré oficialmente como mis hijos —dijo el príncipe.
—¿Qué? ¿Pretende iniciar una lucha por el trono? —pregunté incrédula.
—No, eso no sucederá.
—¡Pero acaba de decir que reconocerá a esos gemelos! Les daría un lugar en la línea de sucesión. ¿Puede asegurar que nunca habrá una pelea por el trono?
—Puedo.
Miré a Anita, y vi una sonrisa confiada a pesar de las palabras del príncipe.
¿Qué significaba todo esto?
Podía ver el hambre de poder en los ojos de Anita. Ahora que tenía el amor del príncipe, iría tras mi posición. Estaba segura de que me reemplazaría a mí y a Shaghad, y colocaría a sus hijos en la línea de sucesión.
Sé que el amor es ciego, pero ¿era el príncipe tan ingenuo?
—Shahrnaz, sé honesta conmigo. ¿Ese niño es realmente mío? —preguntó Su Alteza.
¿Qué?
—Juro por mi vida que es su hijo —prometí.
—No se parece a mí.
—Sé que se parece más a mí, pero mire el retrato de su padre. ¿No se parece a Su Majestad en su juventud?
—Si retrocedes lo suficiente, encontrarás a un miembro de la realeza casándose con la familia de un duque. No es raro que se parezca a la familia real por mi lado.
—Espera, ¿estás diciendo que Shaghad podría no ser mi hijo? ¿Sugieres que Shahrnaz me fue infiel? —dijo Anita, fingiendo conmoción—. ¡Eso es una traición!
Yo era la ciega.
Planeaban acusarme de adulterio y hacer pasar a Shaghad por un bastardo. Siempre tenía sirvientes y guardias a mi alrededor. No podía escapar de su vigilancia.
—¡No seas ridícula! —grité—. ¡Qué acusaciones absurdas! Shaghad es hijo del Príncipe Raheem y mío, no hay duda de eso.
—Oh, una reacción tan apasionada es bastante sospechosa —dijo Anita.
—¡Cállate, ramera! —exclamé.
—¡Shahrnaz! —rugió el príncipe.
—¡Eek!
Me golpeó.
—¡Princesa Shahrnaz! —llamó uno de mis guardias.
Lo vi correr hacia mí con la visión borrosa. El príncipe me fulminó con la mirada, furioso, mientras el caballero intentaba calmarlo.
Anita me miró con diversión. No dijo "Patética", pero lo pronunció con su sonrisa.
Y tenía razón. Qué patética era yo.
†††
Pero… estaré bien. El Rey Rashid regresará de la frontera, sofocará la escaramuza con nuestro vecino, y resolverá todo esto.
Estaré bien.
—Escuché que el Príncipe Shaghad no es realmente hijo del Príncipe Raheem.
—No puedo creer que la futura consorte haya tenido un romance.
Estaré bien.
—¿Con quién crees que se acostó?
—Supongo que el Príncipe Raheem prefiere a Lady Anita.
—Probablemente. El adulterio es prerrogativa de los hombres, no de las mujeres.
—Solo estás celosa porque Su Alteza no te eligió a ti.
Estaré bien.
—Madre...
Estaré bien.
—¿Qué planea hacer el Príncipe Raheem?
—En circunstancias normales, la hija de un vizconde no podría convertirse en princesa consorte. Dudo que Su Gracia permita que el príncipe insulte a su hija así. Shahrnaz está a salvo como consorte, aunque sea solo simbólicamente.
—Probablemente tengas razón. Solo tiene ojos para Lady Anita.
Estaré bien.
—¡Shahrnaz!
—Madre, Padre, yo... —dije, mientras mi madre se acercaba con el rostro contorsionado como un demonio y me abofeteaba con fuerza.
—¡Chica patética! ¿Cómo pudiste perder ante la hija de ese vizconde? ¿Qué has estado haciendo en el palacio? No puedes entender la vergüenza que has traído a nuestra familia.
—Qué vergüenza dar a luz al príncipe y luego convertirte en esto. Estoy decepcionado de ti —dijo mi padre.
Estaré bien.
—Madre.
Hm... ¿Cuándo se fueron mis padres? Ni siquiera me di cuenta. Está oscuro aquí. ¿He comido? ¿Cuándo fue la última vez?
—Madre.
Bueno, no tengo hambre. Estoy segura de que está bien.
—Madre.
¿Dios cuánto polvo hay en esta habitación? ¿Cuándo dejaron de limpiar los sirvientes?
—Madre.
¿Ha comido Shaghad? Seguro que está bien. Ya no es un bebé. Puede ir al comedor si tiene hambre.
—Estoy tan cansada —dije.
—Madre, ¿estás cansada? ¿Por qué no te acuestas? Te llevaré.
Algo me tiró de la manga. Lo miré.
Oh. Mi hijo. El hijo del príncipe.
—Di a luz al príncipe, al futuro rey. El hijo del Príncipe Raheem y mío. Y sin embargo...
Mi hijo dejó de tirar de mi manga. Me miró con preocupación. —¿Madre?
—Para.
—¿Madre?
—¡Deja de llamarme así!
—...
¡Nada estará bien!
¿Cómo podría estar bien algo de esto? ¿En qué te basas para pensar que algo está bien? ¡No puede ser! ¿Cómo es que nadie lo ve?
¡Alguien, por favor, ayúdame!
Lo amaba. Nos juramos amor eterno, pero fue en vano. No hay nada para mí en este palacio.
—¿Madre? —Shaghad me agarró las faldas con inquietud. Para mí, era una cadena que me ataba a esta prisión.
—¿También me mantendrías aquí? —pregunté. Sus manos se aflojaron por un momento.
¿Qué le estoy diciendo a mi hijo? Es tan inocente como yo, un prisionero. Es el menos culpable de todos. Solo vino a este mundo.
—Madre... —Y seguía tirando de mi falda, como si quisiera que lo viera.
Mi amado hijo. Mi amado pero inútil hijo. Te amo, pero tienes su sangre, y él me puso en esta situación.
Él y yo nos amamos profundamente. Me dijo que era la única, me juró amor eterno, pero esas promesas eran un castillo sobre arena.
—Quiero ser feliz —dije.
—¿Madre?
Sin darme cuenta, arranqué las manos de mi hijo, sorprendiéndolo. Nunca entendería lo que hice ni lo que planeaba hacer.
—Quiero ser feliz —repetí.
Y corrí, dejando atrás sus gritos de dolor.
Sí, mi hijo me llama. Lo sé. Debo volver. Debo parar. Pero, ¿para qué? ¿Por qué debo quedarme aquí? ¿Por qué soportar esto?
Nadie me ama aquí. Nadie me ve. Se burlan de mí, se compadecen de mí.
Y eso significa que no hay razón para quedarme, ninguna razón para volver.
—Osman —dije, tomando la mano del único caballero que me tendió una mano amiga, y hui del palacio.
Dejando atrás a mi amado hijo.
†††
Vista Lateral: Rey Rashid de Rienbul
—¡TRAIGAN a mi hijo y a su mujer aquí en este instante! ¡Y también al consejero de ese hombre!
Maldición. Esto es un desastre.
Sabía que mi hijo no pensaba bien las cosas, pero cumplía sus deberes sin problemas, así que pensé que estaría bien con un consejero capaz. Me equivoqué.
Me fui a cumplir con mis obligaciones lejos de la capital después de que mi hijo Raheem hiciera a Shahrnaz su princesa consorte y le diera un hijo. Era mansa y considerada, y asumí que apoyaría a Raheem.
Nunca imaginé que vería todo este desastre a mi regreso.
—Busquen a Shahrnaz y a Osman —ordené.
—¿Y los traemos de regreso?
—No. Se fue porque ya no podía soportar estar aquí. Me compadecería de la la mujer si se ve obligada a regresar.
Los nobles que huían de su estatus eran despreciados por la sociedad. No quería crear una tragedia innecesaria.
—Solo quiero confirmar que vive en algún lugar seguro. La hija de un duque encontrará difícil la vida común. Prepara una suma para ayudar a mantener su estilo de vida como consuelo.
Mi consejero salió, y entraron Raheem y la hija del vizconde, causantes de este desastre, junto con los dos niños que llevaban la sangre de Raheem, nacidos fuera del matrimonio.
—Padre, debes estar cansado después de tus largos deberes. Tengo un alegre anuncio para darte —dijo Raheem, ajeno a todo.
—¡Capitán de los Caballeros, quítale la tiara a esa mujer! —ordené—. Trae al ministro del tesoro; su cabeza será arrancada aquí mismo.
—¡Padre! —gritó Raheem.
—¿Qué? ¿Qué estás haciendo? ¡No me toques! —chilló la mujer.
—Su Majestad —dijo el Capitán de los Caballeros, trayéndome la tiara después de quitársela a la mujer.
Era, como sospechaba, un tesoro nacional, destinado solo a la reina. Fue un regalo para Shahrnaz.
No debería estar en la cabeza de esa mujer.
—He traído al ministro —informó un caballero. Su boca se tensó y sus rodillas temblaron mientras conducía al ministro.
Liberar tesoros nacionales del tesoro era uno de sus deberes, lo que significa que la tiara llegó a la cabeza de esa mujer por su permiso, a pesar de su deber de protegerlos.
La ley era clara: incumplir con la administración de los tesoros nacionales era un delito, sin excepciones. El lo sabía. Por eso su expresión estaba retorcida de miedo.
—¿Tiene alguna defensa para sus acciones? —exigí.
—...No, Su Majestad. Pido disculpas por no cumplir con mis deberes —dijo.
Entregar una tiara destinada a la reina a otra persona era un delito grave, incluso si Raheem obligó al ministro. No había excusas, ya que algo así podría desestabilizar el país.
—Juro que su familia escapará del delito—dije—. Por respeto a su servicio honorable hasta ahora, recibirán una compensación.
—Agradezco su benevolencia, Su Majestad.
—¿Tiene alguna última palabra para su familia?
—Dígale a mi esposa que le agradezco todo y que la amo. Y que cuide de los niños.
—Como usted desee.
El verdugo decapitó al ministro a mi orden.
—¡Eeeeeek!
La mujer gritó al ver la decapitación, mientras los niños y Raheem palidecían.
Tomé la cabeza del ministro después de que rodó por el suelo y se la mostré a Raheem. —Este es tu crimen.
—¿Mío? —balbuceó.
—Sí, tuyo. Esto es lo que significa abusar de tu autoridad. Los inocentes se vuelven culpables y arriesgan todo, incluso sus vidas. Eso es el poder.
Dirigí mi mirada a los niños, y saltaron. Los compadecía demasiado para matarlos, pero representaban un riesgo de guerra. Quizás era mejor vigilarlos de cerca en lugar de enviarlos lejos.
Tanto mi hijo como esa mujer eran masas de codicia, ansiosos por el poder. Pero no habían cometido un crimen que mereciera la muerte.
No sería un rey si ejecutara sin razón. Sería un tirano que destruiría el reino.
—La familia de Lady Shahrnaz ha objetado lo sucedido —dije—. Tus acciones crearon una brecha entre nosotros y ellos. Podemos ser realeza, pero no podemos gobernar sin los nobles. Los reyes solos no pueden gobernar un reino.
Le había repetido hasta el cansancio que apreciara a sus partidarios, pero sucedió esto. Tenía reservas sobre nombrarlo príncipe heredero, y no me equivoqué.
—Voy a destituir a tu consejero. Y, Raheem, te estoy destituyendo de la línea de sucesión.
—¡Padre!
—No solo sacaste un tesoro nacional sin mi permiso, sino que humillaste a la princesa consorte, hija de un duque, y la atacaste con acusaciones infundadas hasta que huyó. Mi decisión es apropiada. Los guardias la vigilaban en todo momento. Nunca estuvo sola. No pudo ocultar un romance. Deberías saberlo mejor que nadie, pero difundiste esos rumores. Ya investigué. Shahrnaz no fue infiel. Shaghad es tu hijo, el sucesor del trono.
—Su Majestad, he traído al Príncipe Shaghad.
Shaghad se acercó, con aspecto inquieto, y le quité un broche de rubíes del pecho y se lo entregué. Esa acción hizo que Raheem y mis partidarios se tambalearan. Solo la mujer y sus hijos no entendían.
—Shaghad, este broche es un tesoro nacional. Nuestros reyes lo han usado durante generaciones. Y también es un regalo para ltu amada.
—¿Amada?
—La persona que elijas amar.
Al darle ese tesoro nacional, reconocí a Shaghad como el único sucesor al trono.
Era una espada de doble filo. Le ofrecería protección, pero también lo pondría en peligro. Aun así, era mejor que nada.
—Los rubíes protegen a quien los lleva de los peligros y desastres, fomentan una voluntad inquebrantable y muestran el camino a la victoria en la batalla —dije.
No sabía qué futuro les esperaba a los otros dos niños. No era algo de lo que un rey debiera preocuparse.
—El único sucesor al trono de Rienbul es Shaghad —declaré—. Esos dos no serán miembros de la familia real. No pueden llevar el apellido Rienbul.
—Pero, Su Majestad, Ismail y Aisha son hijos de Raheem —replicó la mujer insípida.
—Por eso les permitiré residir en el palacio real. Sería cruel separarlos de su madre. Usted también puede vivir aquí. Supongo que no tiene a dónde ir.
Aparentemente, el vizconde intentó repudiar a su hija cuando quedó embarazada, pero no lo permití.
—Los dos usarán el apellido de su padre: Alaban.
No había mayor humillación para una mujer que creía ser realeza.
—Eso es todo. Márchense.